Soliloquio sobre la inquisición y los moriscos
Es evidente que la Historia tiene que
ver con la Moral, pero lo que no es tan claro es cómo
tiene que ver. Para los hombres de confesión y
de doctrina, no hay duda. Los buenos están a un
lado y los malos a otro. La misión del historiador
es exponer las maldades de unos (que llegan a lo físico
o material) y las bondades de los otros; además,
en esta tarea bastante similar a la del predicador o el
abogado, hay que demostrar que son los hechos los que
cantan, es decir, que el expositor hará gala de
objetividad, rigor científico, equilibrio, además
de convicciones y se sentirá como el juez justo
ante el pleito claro.
La Historia es el triunfo de la Verdad;
todo con mayúsculas. Lo malo es que hace ya mucho
que los historiadores geniales no estuvieron de acuerdo
con esta posición y que pensaron que la Moral propiamente
dicha tiene poco que ver con el juego de las acciones
humanas en la Historia. Tucídices frente a Herodoto.
A los que, historiadores profesionales o no, han defendido
postura semejante en épocas modernas, se les ha
llamado «maquiavélicos», dando a la
palabra un sentido peyorativo de inmoralidad. Hoy día
hay que confesar que existen pocos discípulos de
Tucídides y sí muchos autores de sermones
moralizadores, de derechas y de izquierdas, que terminan
juzgando; y, sobre esto, tenemos la lacra de las «escuelas»
y de las rivalidades, un tanto farisaicas, de cátedras,
profesores, candidatos en estado de merecer y alumnos.
Lo que para unos es la verdad absoluta, para otros es
un conjunto de errores groseros, de patrañas o
de malos argumentos. La sentencia pascaliana acerca de
la significación de los Pirineos para determinar
lo que es verdad o no, podría adaptarse a otros
accidentes o elementos físicos, por ejemplo, las
paredes de un flamante instituto de investigación.
Se comprenderá así que el tratar de asuntos
como el que me toca desarrollar ahora, es decir, el de
la Inquisición y los moriscos tomando como ejemplo
y guía a un historiador precristiano y aún
tachado de ateo por algunos, puede decir cosas que parezcan
horribles a una serie de gentes beatífícas
en todo o, cuando menos, aquejadas de beatería
intelectual.
Hacer la apología de la Inquisición es difícil
desde hace tiempo. Hacer públicos sus horrores
y errores, más fácil pero, en todo caso,
las dos tareas se han llevado adelante y no seré
yo el que vaya a continuarlas. Si hubiera vivido en tiempos
de la Inquisición, creo que habría sido
un enemigo más o menos tácito de ella. Pasado
el tiempo en que funcionó, he de ser enemigo de
los hábitos que dejó metidos en sangre a
muchos españoles hasta hoy y que del ámbito
religioso han pasado al político y burocrático.
Hábitos de soplonería, denuncia secreta,
ventajismo oficial, fanatismo y otras lacras que conocemos
por experiencia larga.
El haber vivido años en que rebrotó la casta
de los denunciantes públicos, de lo que en castellano
antiguo se llamaron malsines y en griego recibió
el raro nombre de «sicofantes», nos puede
servir para recrear o revivir históricamente otras
épocas y otros ambientes. También puede
servirnos en este caso el haber observado los efectos
terribles del odio entre grupos raciales. Pero vamos al
cuento.
«A más moros, más ganancia»
En los estados medievales de la Península Ibérica,
Iberia o España, aparte de diferencias étnicas
y lingüísticas que caracterizaban, como hoy
caracterizan, a catalanes y aragoneses, castellanos y
navarros, gallegos, asturianos o vascongados, portugueses
y andaluces, etc., había tres grupos étnicos
de significado religioso: en esencia, cristianos, moros
y judíos. Cuando don Carnal hacía su «convocatoria»
famosa en el poema del Arcipreste de Hita, empezaba así:
«Don Carnal poderoso por la gracia de Dios A todos
los xristianos, moros é judiós»
Como un rey podía hacerlo.
En el siglo XIV vivían moros y judíos repartidos
en proporciones diversas en las distintas partes de España.
Los moros que quedaron en los estados cristianos reconquistados,
estaban más concentrados al Este y al Sur; también
los había en ciertas zonas del centro y llegaban
hasta la parte más meridional de Navarra y Cataluña.
En las ciudades había barrios enteros constituidos
por esta clase de población, pero otro sector grande
vivía en aldeas, alquerías y granjas de
señores. En Aragón y Valencia había
pueblos enteros de moros. La población judía
era esencialmente urbana. Aunque no faltaban, eran pocos
los judíos que vivían en distritos rurales.
El elemento cristiano dominante por doquier, salvo en
el pequeño y muy abatido reino moro de Granada,
tenía una postura ambigua entre los pertenecientes
a las dos grandes religiones sometidas. Vivían
los judíos pegados a los castillos reales y siendo
a veces personas de toda confianza de monarcas y grandes.
De vez en cuando, el pueblo guiado por hombres religiosos
y violentos, irrumpía en las aljamas, hacía
grandes matanzas y saqueos. En casos, también se
obligó a muchos judíos a convertirse al
Cristianismo por la fuerza, por miedo. Primeros intentos
de «unificación». Benditísima
palabra siempre.
Los moros, que recibían nombres distintos y que
eran conocidos en general por mudéjares, vivían
con sus autoridades religiosas y civiles que han dejado
leyes escritas, incluso en romance, partiendo siempre
del Corán. La «Morería» era
su barrio propio en los núcleos mayores y solían
ser buenos artesanos y artífices. Más famosos
eran aún como hortelanos y cultivadores de vergeles
con variedad de árboles frutales, en tierras de
regadío. Económicamente dependían
de señores cristianos que sacaban de ellos mucha
ganancia. Un refrán que se popularizó y
que está en el Vocabulario de Gonzalo Correas,
es el de «A más moros, más ganancia».
Los señores en sus estados, sobre todo en los reinos
de Aragón y Valencia, tenían a los moros
muy sumisos, más sumisos que a los vasallos cristianos.
Entre el labrador cristiano viejo que cultivaba trigo
y cereales en los secanos y el moro horticultor se desarrolló
una antipatía que quedó hasta la época
del conflicto final con los moriscos, según expresan
textos como el del aragonés Aznar de Cardona.
Pero no sólo era por leyes civiles y religiosas,
géneros de vida, trabajo y estatuto dentro de los
reinos por los que los moros eran distinguibles. Se distinguían
también porque hablaban el árabe, mejor
o peor, y el romance con peculiaridades propias. Su atuendo,
sobre todo el femenino, era distinto, como distintas eran
las comidas, fiestas y tradiciones en general. En última
instancia, escribían también con caracteres
árabes tanto en su idioma como en el romance, al
que llamaban aljamia. Modernamente se han hecho grandes
avances en el estudio de la literatura aljamiada que llega
a los moriscos. En término de lo que los antropólogos
llaman «Cultura», los mudéjares tenían
una y los cristianos otra, con sus variedades regionales
que hacían distinguirse al moro «tagarino
» de la banda del Ebro, del valenciano, del andaluz
o el murciano.
El espíritu de linaje, la solidaridad agnática
era entre ellos más fuerte de lo que se ha dicho,
siguiendo acaso demasiado al pie de la letra un texto
memorable de Aben Jaldún.
Comienza el drama
A fines del siglo XV, esta situación que puede
considerarse válida para los doscientos años
anteriores, queda cambiada por completo. El reino de Granada
cae. Los moros son totalmente vencidos como potencia estatal.
El enemigo secular ha desaparecido ante el empuje evidente
de los cristianos que se expresa no sólo en la
guerra. Los moros que quedan en el reino conquistado son
gente parecida en hábitos y costumbres a los mudéjares
viejos, salvo algunas familias aristócratas que
de modo más o menos lento se incorporan a la nobleza
cristiana o se «camuflan» como pueden.
Y aquí comienza otro gran drama. Los moros granadinos
son objeto de grandes campañas de catequización
llevadas adelante por dos hombres de temperamento distinto.
Fray Hernando de Talavera, primer arzobispo de Granada
es un hombre religioso en esencia. Fray Francisco Jiménez
de Cisneros, un religioso con ideas políticas.
Lo que el uno quiere llevar adelante por medio de la mansedumbre
y paciencia, el otro lo procura realizar por métodos
de fuerza y hasta de soborno. Hizo una gran limpia de
libros arábigos, bautizó en masa y las coacciones
fueron tan grandes que en 1500 y 1501 hubo revueltas.
Se dio otra opción entonces. Salieron más
moros a Berbería y los que quedaron, como otros
de Castilla, se bautizaron en bloque. Ya son todos cristianos.
Otro paso hacia la deseada «Unidad».
Desde mucho antes de 1492 se considera que la «Unidad»
es un bien. Ya en tiempos de Herodoto, cuando los griegos
llegaron a triunfar de los persas, corrieron lemas unitarios
como el de «igualdad ante la ley, igualdad de idioma;
democracia». En otras épocas, los ideales
de «Unidad.. han sido otros.
Los elementos que lo pusieron en marcha, allá en
tiempos de los Reyes Católicos, eran burocrático-teocráticos
y el que representó mejor la combinación
de los intereses monárquicos y los intereses de
la Iglesia fue el cardenal Cisneros, seguido en esto por
Carlos V. Dejemos por unos momentos a los grandes de la
tierra haciendo grandes cosas y hablemos de ciertos cambios
sobrevenidos a raíz de la conquista de Granada,
en las generaciones que empiezan a actuar a comienzos
del siglo XVI.
No cabe duda de que entonces hay unos años de orgullo
colectivo entre los cristianos viejos. No cabe duda también
de que se constituyen firmes unos ideales que podrían
llamarse «neogóticos» o un sistema
de valores en que la fe, la sangre y la espada andan unidas.
Todo es «hacerse de los godos» y extasiarse
ante la propia perfección. Los vencidos, los oprimidos,
sean «cristianos nuevos» de moro o «cristianos
nuevos» de judío, no sólo tienen una
mácula religiosa cercana. Son también de
«sangre impura». Este peculiar cristianismo
hispánico, en última instancia, es el resultado
poco cristiano en verdad de que pueblos enteros vivan
obsesionados por nociones como la de «limpieza»
o «pureza» de sangre y que proliferen los
famosos estatutos, que excluyen de cargos determinados
no sólo a los conversos sino a sus descendientes
por algún costado. La pureza en beneficio del «enchufista».
iQué hermosura!
Nadie puede calcular lo que la aplicación de estas
ideas ha costado en términos de dinero, de preocupación,
de vergüenza y esfuerzos de astucia. Nadie puede
determinar la cantidad de neurosis y monomanías
que han podido producir. Nadie sabrá, a punto fijo,
la cantidad de ficciones, ocultaciones y posiciones ambiguas
que. ha producido el miedo a la impureza y la baladronada
goticista. Los franceses e, italianos del XVI, observadores
malévolos del poder hispánico, ya dijeron
bastante con respecto a este ambiente en el que se crea
todo el lenguaje.
La palabra «morisco», por ejemplo, parece
suponer la existencia del latín «mauriscus».
En griego vulgar también «maurikós».
Con valor adjetivo en el habla medieval, registra vocablos
adelante como «grecisco», equivalente a griego
o cosa de griegos y en el se habla común «berberisco»,
El «morisco» aparece al bautizarse, «vellis
nollis», el moro, el mudéjar, sea tagarino,
elche o de la estirpe y actividad que sea.
Covarrubias, en su Tesoro, lo definiría así,
casi al tiempo de la expulsión: «Los convertidos
de moros a la Fe Católica».A esto añade:
«y si ellos son católicos, gran merced les
ha hecho Dios y a nosotros también». Notemos
el tono reticente.
El morisco es un personaje tópico en la España
del XVI, como lo puede ser el vizcaíno, eI mercader
de origen hebreo, el soldado fanfarrón o el pícaro.
Se usa de especial perspectiva para juzgarlo. Con relación
a tiempos pasados, el moro es una cosa. En el presente,
el morisco, otra muy distinta El antiguo sabio astrónomo
y astrólogo, arquitecto estupendo, caballero cumplido,
galán sentimental y generoso. El moderno, un pobre
hombre de negado, cerril, terco, dedicado a las tareas
humildes, los mismo en el campo que en la ciudad. Comer
berenjenas era propio de su calidad de horticultor. Hace
buñuelos lo propio de la estirpe en las plazuelas
y callejas de villas y ciudades.
Los romances fronterizos y otros referentes a los últimos
tiempos de la monarquía granadina, los cultos y
más tardíos también, nos dan una
imagen romántica del moro que influye sobre la
literatura europea hasta la época de Chateaubriand,
por lo menos. Por ejemplo, Johann Gottfried Von Herder,
se recreaba traduciendo:
«Abenamar, Abenamar!
Mohr aus diesem Mohrenlande
Jener Tag, der dich geboren
Hafte schöne grose Zeichen».
O aquello del moro Zaide.
El «malsín»
En el seiscientos, se ha creado una Moral. Sí,
pero una Moral Pública. Ojo con la distinción.
Se ha creado toda una estimativa o Axiología que
se impone a la sociedad. ¿Qué hará
el historiador, el observador lejano en el Tiempo, ante
ella, si quiere aplicar a su estudio criterios de Moral
evangélica o socrática, o filosófica,
en general? Confundirse y confundir si no deslinda los
campos. Voy a deslindarlos antes de seguir adelante. Personalmente,
como individuo hijo de mi medio y de mi tiempo, tengo
una aversión total por la vida pública.
Pienso con frecuencia que la Política es el raro
arte de hacerlo todo mal, cuando de vez en cuando hay
ocasiones de hacer las cosas bien o regular. Una de las
formas que los políticos tienen de malbaratarlo
todo es la de prolongar lo que debía de ser corto
y rápido, convirtiéndolo en largo y pesado.
La Inquisición española -dicen algunos--,
fue un instrumento creado al calor de los acontecimientos
y en vistas a una situación político-religiosa
dada. Será esto verdad, pero el prolongar su existencia
hasta el siglo XIX es un hecho que indica una ligereza
mastodóntica por parte de los hombres de gobierno.
Ilusión loca de inmovilismo y expedientes pobres
para mantener el «orden». Pero esta ilusión
tenía muchos adeptos en tiempos antiguos y aún
la tiene en éstos, para mí desdichados,
en que vivimos.
Dejo pues la Moral individual, mi Moral, a un lado y sigo
con el análisis de la situación creada,
desde el punto de vista de los valores políticos
y religiosos colectivos. Durante los primeros años
de su funcionamiento, la Inquisición española
se ocupó de modo preferente en fiscalizar y controlar
la vida religiosa de los judíos bautizados y de
sus descendientes. Todo: el tinglado administrativo que
se montó con este finpeculiar, se aplicó
también a otros fines, como el de reprimir las
infiltraciones luteranas en la primera mitad del XVI,
más tarde las calvinistas, en castigar incrédulos,
blasfemos, escandalosos, hechiceros y hechiceras de distintas
castas y pelajes, brujos y brujas. En nombre del bien
común y de la «Unidad». «Au service
de I'ordre», como podría estar Mr. Paul Bourget
a comienzos de este siglo dentro de estructura política
muy distinta.
El señor Inquisidor, allí donde funcionaba
su Tribunal, actuó e hizo actuar a la gente produciendo,
mecánicamente casi, un tipo de persona que se da
en distintas sociedades y que cobra perfiles muy acusados
en la que nos ocupa: este tipo es el del malsín,
el malévolo denunciador secreto, el soplón
o chivato. como ahora se dice. «Malsín -vuelvo
a Covarrubias- es el que de secreto avisa a la justicia
de algunos delitos con mala intención y por su
propio interés». Malsines hubo en los estados
medievales. Los malsines desempeñan siempre un
gran papel en tiempos de Despotismo y de Terror, en que
los conceptos de «delito» y «justicia»
andan como Dios quiere. Mas para operar fríamente
en términos históricos, dejemos a un lado
a los chivatos modernos y a los malsines de hace cuatrocientos
o más años. Recordemos a los sicofantes
mencionados al principio. El ejercer de sicofante en Grecia
no es en origen algo reprobable. Acusar públicamente
a los criminales y delincuentes era un deber.
¿Pero quiénes eran los criminales y delincuentes?
He aquí el quid. Pronto se dieron abusos y la «delatoria
curiositas» de unos se unió a la maldad interesada
de otros para atacar a gente distinguida y por lo tanto,
envidiada. Desde el siglo V a. de C. el sicofante es un
ser del que se habla con desprecio. Más tarde en
Roma, en épocas de tiranía de algunos emperadores
o de anarquía militar, el malsinar estuvo a la
orden del día. Siempre ante una «justicia»
y un «orden» con unas figuras de delito también.
Pero, vuelvo a mi tema, ¿qué tienen que
ver este orden y esta justicia con la Moral individual?
Son casi siempre productos contrarios a ella.
La Inquisición española acaso usó
de los malsines en forma más recatada que los tribunales
griegos y romanos. Fueron sin embargo la obsesión
de los judaizantes. Simmel, en un pasaje de su Sociología,
alude tomándolo de alguna tradición judaica,
a los llamados «garduños» ¿Pero
en qué modo los moriscos fueron objeto del interés
de los inquisidores y de denuncias de malsines y otras
gentes? De un modo particular y diferente a como fueron
vigilados y perseguidos los conversos de judíos
y judaizantes o a como se controlaban los dichos y hechos
de los cristianos viejos «descarriados».
Se arranca siempre al juzgarlos de la inferioridad no
sólo cultural sino también psíquíca
de los del grupo en bloque, en contraste con la excelencia
que se atribuye al cristiano viejo desde el punto de vista
intelectual.
Manipulaciones
El morisco bautizado aparece casi siempre como un hombre
imposible de catequizar, de cristianizar, espiritualmente
hablando, hágase lo que se haga. Así lo
presentan todos los autores «antimoriscos»
en el momento de mayor pasión y varios teólogos
y consultores del Santo Oficio. También otros textos,
en apariencia más objetivos. Pero la realidad es
que cuando una religión triunfa e impera, apoyada
en un fuerte poder político, las posibilidades
de resistirse a ella son menos fuertes de lo que se dice.
Hay gente que adopta una postura acomodaticia. Los acomodaticios
no son de hoy. Hay gente que se convierte de verdad, digan
lo que digan los enemigos de su grupo o los que quedan
reacios. Al tiempo de la guerra de Granada, durante el
reinado de Felipe II, había en la ciudad bastantes
hijos de moriscos que eran sacerdotes católicos
y jesuitas, cristianos sinceros. En un ánimo sensible
que se encontrara ante el dilema de escoger entre la religión
secreta y la pública, la lucha podía ser
terrible porque las calidades intrínsecas del Catolicismo
del XVI podían arrastrarle.
De nada de esto se habla casi. El problema de la conciencia
se plantea en términos de una tosquedad que raya
en la brutalidad. Más aun, si cabe, cuando se trata
de los conversos de judío que por pertenecer a
un estamento con mayor cantidad de gentes sutiles podían
dar formas más variadas de religiosidad. ¿Pero
a qué meternos en honduras? El cristiano viejo,
el converso de judío, el judío, el moro
y el morisco son seres mondos y lirondos, cortados por
patrón según la Estimativa referida, manipulada
por burócratas y políticos.
El papel de los grandes literatos españoles de
la época en torno a la estimación de los
moriscos y a su expulsión, es de sumisión
total al criterio gubernativo. No podría haber
sido otro, pero hubiera sido mejor guardar silencio que
demostrar complacencia en casos evidentes de violencia
ordenancista y populachera a la par. Examinemos ahora
un poco de cerca algunos documentos.
Mahometanos convencidos
Hace ya más de sesenta años que el bibliotecario
que estuvo al frente de la sección de manuscritos
de la Biblioteca Nacional, don Pedro Longás, sacerdote
aragonés al que yo traté, publicó
un estudio esmerado acerca de La vida religiosa de los
moriscos. Este libro se compuso a la luz de muchos manuscritos
de las Inquisiciones de Aragón, Toledo y Valencia
y de otros documentos privados y públicos. Es una
prueba evidente de que los moriscos procesados procuraban
seguir la ley islámica en todos sus aspectos. Artículos
de la fe, mandamientos de la ley, profesión. Esto
para empezar. En materia de abluciones y purificaciones,
los documentos hablan de las existentes y es inmenso el
espacio dedicado a las oraciones, sus formas, horas y
objetos.
Los preceptos referentes al ayuno y la limosna fueron
seguidos también con escrupulosidad. Resulta curioso
observar cómo hubo moriscos que cumplieron con
el quinto y último de los preceptos islámicos
haciendo la peregrinación a La Meca.
En 1897 publicó en Zaragoza don Mariano de Pano
las Coplas del peregrino de Pue Monçon, que son
ilustrativas a este respecto. Resulta, en fin, que en
todos los actos de la vida, desde el nacimiento a la muerte
pasando por el matrimonio y las prescripciones alimenticias
cotidianas, estos moriscos con causa inquisitorial eran
mahometanos de fe y de acto. No es esto todo. El libro
de Longás se ciñe a lo preceptivo: en los
archivos de la Inquisición y a través de
otros documentos, se ve también que en lo que se
refiere a formulas mágicas, a técnicas astrológicas,
a mitos y leyendas, vivían también dentro
de una tradición arábiga, no cristiana.
Al publicar, en 1912, los dos grandes y admirables maestros
del arabismo español, don Julián Ribera
y don Miguel Asín, el catálogo de unos manuscritos
árabes y aljamiados adquiridos por la «Junta
para ampliación de estudios» que se habían
descubierto en 1884 en Almonacid de la Sierra escondidos
entre un piso ordinario y un falso piso de madera, atribuían
a la decadencia de la instrucción teológica
de los moriscos la abundancia de libros y librillos de
esta clase. En realidad, los que coleccionaban los libros
con fórmulas y recetas maravillosas para obtener
todo lo humanamente apetecible, seguían también
una viejísima tradición del Islam.
No menor desarrollo tienen en aljamía las narraciones
legendarias, fantásticas por un lado. Por otro,
los formularios notariales y judiciales. Lo más
lejano a la realidad cotidiana y lo más próximo
a ella.
La «cuestión morisca»
Parece, pues, que la Inquisición tenía
que habérselas con esta gente como el grupo escandaloso
de «apóstatas» de la fe, según
la terminología de la época. Porque los
moriscos lo eran en público y en privado y se curaban
poco del hecho de haber sido bautizados, de tener iglesias
en los pueblos donde vivían en mayoría y
donde se hacían misiones, etc. Sin embargo, no
puede decirse que en la larga historia del Santo Oficio
los moriscos hayan sido objeto de preocupación
tan constante e intensa como los judaizantes, los protestantes
y hasta los los cristianos viejos, lanzados a opinar a
su modo. Esto, por dos causas. La primera, temporal. Desde
los primeros bautizos en bloque a la expulsión
sistemática, pasa un poco más de un siglo
y la Inquisición empieza algo antes y dura dos
siglos más. Aunque en tiempos de Felipe V hubo
todavía en Granada un auto de fe en que se castigó
a los descendientes de ciertos moriscos que habían
quedado después de la expulsión particular
del reino y también de la general y posterior de
España, las causas en que entra en juego el Mahometismo
después de la expulsión general, son, sobre
todo, contra esclavos bautizados y contra renegados.
En segundo lugar, la «cuestión morisca»
no es sólo una cuestión religiosa. Es también,
o más, una cuestión política y étnica.
Hablemos del asunto étnico. Nuestra época
es pródiga en explosiones de violencia que se condicionan
por odios raciales, mezclados con diferencias de religión.
La tendencia común de ciertos doctrinarios actuales
es la de afirmar que bajo la apariencia del odio racial
«subyace» siempre la lucha de clases; el problema
económico, El empleo de un bonito verbo como éste
de «subyacer», evita meternos en honduras
y determinar cómo se establecen los yacimientos
y los subyacimientos. Pero lo que es evidente es que cuando
un poder absoluto y despótico deja manos libres
a sus partidarios absolutistas, los odios raciales adquieren
formas violentísimas y encubiertas también
con grandes ropajes de justicia y de virtud. Explotan
asimismo cuando hay guerras civiles y situaciones de anarquía,
tales como interregnos y gobiernos indecisos.
Los levantamientos de los moriscos fueron frecuentes antes
de la gran rebelión de Granada contada en el áureo
libro de Hurtado de Mendoza de modo clásico y de
otras formas más analíticas por Mairmol
Carvajal y Pérez de Hita. El odio popular y plebeyo
se vio apoyado hasta cierto punto por la acción
de algunos funcionarios ordenancistas y por una nube de
cagatintas y agentes policiales subalternos. Si en el
siglo XX esta combinación conocida da los resultados
que da, no se ha de pedir que en el siglo XVI, con una
monarquía confesional y absolutista, pudiera llegarse
a actos de conciliación. El morisco odiaba como
tal al cristiano. El cristiano al morisco. Las pruebas
son muchísimas y no hay para qué acumularlas
ahora.
Así pues, podemos decir que dentro de la monarquía
absolutista había un cuerpo enquistado. El morisco
se afirma una y otra vez, simpatiza con el mayor enemigo
que tiene aquélla entre los infieles: el «Turco».
En las playas de Valencia y Andalucía se cuentan
casos y más casos de apoyo de la población
morisca a turcos y berberiscos. Por otra parte, en sus
negocios de arriería el morisco trae y lleva noticias
y al fin es, o puede ser un agente de la monarquía
cristiana frontera y enemiga: la de Francia. No dejó
de hacer la Inquisición averiguaciones minuciosas
acerca de la conexión de moriscos, turcos y franceses.
No hace mucho el Dr. Peter Dressendörfer ha estudiado
los procesos de moriscos de la Inquisición de Toledo
entre 1575 y 1610 y ha puesto bien de relieve estas conexiones
evidentes y otros motivos de zozobra para un estado que
no era tan fuerte como se dice: porque la misma guerra
de Granada reveló debilidades grandes y de todo
género. Mas sigamos con la Inquisición.
Influencias místicas y filosóficas
Las causas contra los judíos registradas en el
catálogo de la Inquisición de Toledo llegan
a la época de Felipe V con bastante regularidad
y son hasta mil noventa y dos por lo menos. Las de los
moriscos no son sino doscientas treinta y cuatro, incluyendo
algunas de moros residentes en la jurisdicción,
incluso posteriores a la expulsión y las de renegados
y gentes a las que acusó de mahometizar, venidas
de Grecia sobre todo y que resultaron exentas de sospecha.
Las causas aumentan de 1550 en adelante con Felipe II.
No hay que buscar en ellas personas destacadas por su
cultura o su fortuna, como en el caso de los judaizantes.
Saldrá algún maestro de obras, algún
alcaide de lugar puesto por un noble, algún alguacil.
Los más son labradores, jornaleros, menestrales
y pequeños tenderos de aceite y de especias. Entre
los menestrales aparecen alfareros, zapateros, curtidores,
pelaires, caldereros, carpinteros, albañiles. alarifes,
panaderos, cerrajeros, herreros, cardadores, hiladores
y tratantes en seda. También hay azacanes y aguadores.
Entre las mujeres, alguna costurera; Por ultimo, arrieros
y carreteros. Estos «transportistas» de la
época provocan mucha inquietud, como va indicado,
por su posible condición de espías y agentes
de potencias enemigas. El catálogo de causas de
la Inquisición de Cuenca da referencias parecidas,
pero también registra procesos de gente más
enigmática, que han sido estudiados y otros que
seria necesario examinar detalladamente.
En los fondos de Zaragoza y Valencia también se
han hecho sondeos pero el cuadro que da Toledo es el básico.
Los moriscos, como tales, han producido mayor interés
a los historiadores políticos y económicos
o a los de la literatura que a los de las ideas religiosas
y filosóficas. Menéndez Pelayo que escribió
acerca de los moriscos con más serenidad que en
otros casos, se refirió a los «desdichados
restos de la morisma española» al tratar
de la literatura aljamiada.
Sin embargo, hoy parece esta más estimable y hay
que aceptar, además, que ha sido a través
de moriscos como del Islam pasan al Cristianismo una serie
de ideas místicas y filosóficas, una serie
de conceptos que fueron objeto de las pacientes y a la
vez geniales investigaciones de don Miguel Asín.
Parece así, por ejemplo, que el movimiento de los
iluminados espirituales cristianos tiene una de sus raíces
por lo menos en el de los iluminados musulmanes. Otros
pensamientos también.
Pero la gruesa corteza de los intereses políticos
y de las apreciaciones que pueden mover a masas y grupos,
dejó oculto este núcleo de ideas siempre
sospechosas, para unos y otros.
Tras años y años de papeleo, de juntas,
de consultas, dictámenes e informes en que los
covachuelistas desplegaron una actividad que ha servido
de apoyo a sinfín de eruditos, con Lea en cabeza,
para escribir obras sólidas y morosas, se acabó
con los moriscos y el problema con un expediente que también
nos es conocido: el exilio. Fuera los malos, ¡bendita
sea la «Unidad» otra vez!
Consecuencias de la expulsión
Desde el momento de la expulsión se planteó
dentro de España el problema de sus efectos en
la agricultura y aun en las manufacturas. La gente común
creía que el mal había sido grande, pero
que por encima del mal estaba la defensa de la fe y de
la unidad política. Los historiadores de los países
hostiles a la monarquía hablaron luego de la medida
como de un acto que privó a España de seiscientas
o setecientas mil personas. Estas cifras da Voltaire en
el Essai sur les moeurs et /'esprit des nations.
Menos formidables tales personas -dice también-
que los protestantes en Francia y más útiles.
Y para subrayar la torpeza de la medida añade que
Felipe III no supo hacer lo que hacían los turcos,
los cuales sabían «contener» a los
griegos y no les forzaban a establecerse fuera de sus
dominios.
La comparación no es del todo ajustada y las cifras
muy altas. Los historiadores modernos no están
aún de acuerdo al calcular el número, pero
los más autorizados aceptan la antigua, ya de más
de 270.000 de los expulsados. También están
de acuerdo en reafirmar la gravedad económica de
la medida. Dado el absolutismo de los que tomaron y aplaudieron,
difícil es pensar en otra solución. Una
fuerza misteriosa que los griegos llamaban ananké
actuó. Y hay que recordar que los mismos griegos
usaban la palabra para aludir a los males que trae el
Destino a los hombres, más que a los bienes; que
los sufrimientos, miserias y penas y hasta las coacciones
también se llamaban así. Si, la Teocracia
tiene que ver con la Moral y hasta es claro que el teócrata
crea que él es un instrumento de ella. Pero el
hombre actual, al narrar la lucha entre el alfaquí
y el inquisidor, no puede tomar parte como muchos han
tomado. Tampoco contentarse con servir al aficionado a
las anécdotas o al «color local» romántico.
Homero dice en algún lado que al hombre le gusta
divertirse con las desgracias pasadas. Si éstas
son las de otro, acaso le entretienen más y pueden
dar ocasión a expresar de modo libérrimo
sentimientos de piedad. La piedad proyectada lejos o en
términos retrospectivos, puede parecerse a la mala
retórica, pero como un sentimiento vivo que nos
hace llorar siempre el sino desgraciado del hombre sobre
la tierra, es fundamental y el historiador ha de cultivarlo
contando con sus recursos. Tristes y enormes recursos.
© Julio Caro Baroja
Antropólogo