Las veladas de Santa Eufrosina: cuentos para marionetas
La "piazza" de Santa Eufrosina
es un lugar bastante rec¨®ndito de Roma, dominado
por el Gian¨ªcolo. Los turistas de medio pelo no
suelen visitarla. S¨ª algunos eruditos, sobre todo
n¨®rdicos, que conocen bien la topograf¨ªa
de la ciudad y que saben que en el claustro menor de la
parroquial dedicada a la santa se alza un pequeño
templete del Bernini.
La plaza es de tamaño tambi¨¦n reducido,
melanc¨®lica. Entrando por la calle m¨¢s ancha
que le da acceso, al fondo se ve el campanil de la iglesia,
de ladrillo ocre. Delante del atrio hay un jardincito
con su correspondiente pino romano, magn¨ªfico.
De la plaza a este jard¨ªn dan acceso unas escaleritas
barrocas con una fuente en el medio. En la plaza, a un
lado, se ve otro templete neocl¨¢sico que depende
de la iglesia y una casita rococ¨®, de dos pisos,
que durante varias generaciones perteneci¨® a los
condes de San Cherubino di Monterotondo. Hace unos ciento
y pico años, hacia 1880, era de la señora
con quien se extingui¨® el t¨ªtulo. Ya avanzado
este siglo la casa se dividi¨® en apartamentos.
Pasada la segunda guerra mundial, en el piso m¨¢s
alto, a la derecha, vivi¨® cierto pintor florentino
de tendencias modernas, Ruggiero Ranieri. Era cuarent¨®n
y ten¨ªa una amante mucho m¨¢s joven, francesa,
estudiante de Ciencias Pol¨ªticas y muy avanzada
de ideas. El apartamento de la izquierda era propiedad
del Comm. Prof. Dr. Luigi Grimaldi, que hab¨ªa sido
ingeniero importante en tiempos de Mussolini y que despu¨¦s
qued¨® desplazado, en retiro. Este era un caballero
viudo, muy delgado y enfermizo, muy correcto y hasta atildado.
No se le conoc¨ªa familia. La totalidad del primer
piso la ocupaba la "signora Cordiferro", meridional
corpulenta que ten¨ªa dos o tres hu¨¦spedes.
De ellos, el m¨¢s permanente era cierto sacerdote
alem¨¢n, erudito, dedicado de lleno a preparar una
edici¨®n cr¨ªtica de las actas de los m¨¢rtires
germ¨¢nicos m¨¢s antiguos: obra a largo plazo,
buena para persona tan cachazuda y concienzuda como ¨¦l.
Alg¨²n colega dec¨ªa en borma -sin embargo-
que lo del "Martyrologium germanicum" era pura
invenci¨®n, que la Iglesia cat¨®lica no hab¨ªa
tenido m¨¢rtires antiguos de aquella estirpe y el
Pater Gryphius se ofend¨ªa y rebat¨ªa aquella
idea irreverente y ofensiva, seg¨²n ¨¦l, para
su raza. El Pater Gryphius escrib¨ªa, adem¨¢s,
la historia de la parroquia y hab¨ªa recogido millares
de noticias sobre la plaza y el barrio.
Algunas tardes, en la habitaci¨®n, alquilada con
muebles y enseres poco modernistas en verdad, que hac¨ªa
las veces de estudio del pintor Ranieri, celebraban los
vecinos largas reuniones. Aunque eran de ideologia distinta,
se llevaban bien. El pintor y su amante comunistas, el
sacerdote vaticanistas, el ingeniero esc¨¦ptico
o desengañado y la señora Cordiferro, pragm¨¢tica
y bastante supersticiosa.
Comenzaba casi siempre el pintor haciendo comentarios
sard¨®nicos a lo que iba aconteciendo. Su amante
pon¨ªa glosas sociol¨®gicas y cient¨ªficas
a lo que ¨¦l dec¨ªa. El comendador sonre¨ªa,
triste y ben¨¦volo, o hac¨ªa alguna indicaci¨®n
complementaria, justa, precisa.
El Pater Gryphius viv¨ªa en otro mundo. Hab¨ªa
llegado a escribir la historia de cada una de las casas
de la plaza a lo largo de los siglos y pod¨ªa precisar
en qu¨¦ fecha se construyeron, qui¨¦n los
mand¨® hacer, c¨®mo vivieron los primeros
propietarios o residentes y los que les sucedieron en
generaciones sucesivas. No todos hab¨ªan sido gente
oscura, como se demostraba con el caso de los condes de
San Cherubino. Pero de lo que le gustaba hablar m¨¢s,
en su condici¨®n de hagi¨®grafo, era de las
leyendas que a¨²n corr¨ªan por el barrio en
torno a algunos personajes que, en tiempos diferentes,
hab¨ªan estado vinculados a la parroquia de Santa
Eufrosina. Estas leyendas las hab¨ªa escrito en
italiano y en alem¨¢n. A veces le¨ªa alguna
en las tertulias vespertinas, con fuerte acento germ¨¢nico.
El comendador sonre¨ªa con m¨¢s benevolencia
ir¨®nica que nunca. A Ranieri, que ten¨ªa
una cara afilada de condotiero, aureolad por gran melena
rizosa, negra con mechones blancos, se le pon¨ªa
una expresi¨®n m¨¢s sard¨®nica.
La que escuchaba aquellos relatos con cierto sobresalto
era la "signora Cordiferro", porque cre¨ªa
firmemente en la veracidad de su contenido, pese al sentido
pr¨¢ctico que le caracterizaba en la vida cotidiana.
El Pater Gryphius, como escritor, era grave y un poco
pesado. Resultaba, as¨ª, que a veces sus relatos
ten¨ªan un aspecto c¨®mico o un aspecto terror¨ªfico
que ¨¦l no captaba. El contraste entre "la
Lourdeur germanique" -como dec¨ªa Brigitte,
la amante de Ranieri- y el sentido de las narraciones
quedaba muy de relieve y daba alg¨²n motivo de regocijo.
Durante un invierno bastante duro de la postguerra, Ranieri
llev¨® a su apartamento, invitado, a un amigo suyo,
joven lombardo, poeta y escritor sat¨ªrico, que
se llamaba Giulio Griggione. Este asisti¨® a las
tertulias domingueras y escuchaba al Pater Gryphius con
m¨¢s atenci¨®n que a los dem¨¢s. Griggione
era parecido f¨ªsicamente a Ranieri, s¨®lo
que en rubio. Ten¨ªa la nariz m¨¢s afilada,
la expresi¨®n m¨¢s sard¨®nica y la melena
m¨¢s alborotada.
En un momento, se le ocurri¨® escribir los relatos
que o¨ªa al sabio cl¨¦rigo "tedesco",
de modo m¨¢s r¨¢pido, en tono poco serio.
Los reuni¨® en un cuadernillo que dej¨® sin
t¨ªtulo. Con ¨¦l dej¨® tambi¨¦n
unas ilustraciones en color. No eran, desde luego, obra
de pintor o dibujante profesional (ni siqueira abstracto),
dada su torpeza. Cierta nota a l¨¢piz que puso detr¨¢s
de una de ellas, daba a entender que el joven Griggione
pens¨® en llamar al conjunto de sus relatos "pastiches
romanos o italianos", porque, en efecto, nota semejante
dice, "pasticcio IV" y el dibujo ilustra al
cuarto relato del cuadernillo.
Giulio Griggione se march¨® un buen d¨ªa
a tierras lejanas, dejando el cuadernillo y los dibujos
al pintor y ¨¦ste los hizo llegar al que ahora los
publica. El primer relato sobre el "Spagnoletto"
de Santa Eufrosina se basa en una tradici¨®n popular
en el barrio, que el Pater Gryphius recogi¨® en
116 variantes: una primera publicaa ya en 1863. El segundo
est¨¢ inspirado en el corto diario de una señora
inglesa que lo debi¨® escribir durante su estancia
en Roma hacia 1880 y que el Pater compr¨® a un chamarilero
del Trastevere, al que visitaba con frecuencia en sus
rebuscas. El tercero debi¨® salir de la consulta
de algunos papeles familiares de la condesa de San Cherubino
di Monterotondo, y el cuarto se basa en documentos del
Archivo de Estado del Vaticano, de mediados del siglo
XVI, que Gryphius conoc¨ªa muy bien. Otros relatos
tienen origen m¨¢s oscuro.
Acaso el lector presunto podr¨¢ preguntarse qu¨¦
designio tuvo Giulio Griggione al escribir lo que se publica
ahora. Es probable que se trate de un puro pasatiempo
sin mayor objeto; pero hay que advertir que ¨¦l
mismo, hombre de tendencia anarquista y al mismo tiempo
muy italiano de sentimientos, poco antes hab¨ªa
publicado en Mil¨¢n un libro que se titula "Ci¨°
che gli stranieri non osservano in Italia", en que
sostiene que los extranjeros son, y han sido siempre,
incapaces de reflejar la realidad italiana. Esta incapacidad,
seg¨²n ¨¦l, se hallar¨ªa ya en el presidente
de Brosses, en Goethe y hasta en Stendhal, y llegar¨ªa
a los modernos italianistas o italian¨®filos. Es
posible, pues, que rapsodiando los relatos del Pater Gryphius,
quisiera remachar su propia tesis y burlarse de la literatura
extranjera sobre Italia.
Julio Caro Baroja
Antrop¨®logo. Madrid