La Cueva de los Aquelarres
La Brujería tiene, en primer término,
sus propagandistas. Son éstos los brujos más antiguos,
o viejos, considerados como maestros. La cueva de los
aquelarres. Estos eran los transmisores de los dogmas,
que ya no estarían ni mucho menos en un período de formación,
sino plenamente estructurados. La propaganda la hacían
entre gente con edad y juicio suficiente que promete renegar
de Dios. Hasta que esta promesa no se realiza, no se lleva
a los que son objeto de la catequesis al "Prado del Cabrón",
es decir, al "Aquelarre": "porque el Demonio que tienen
por dios y señor, en cada uno de los Aquelarres, muy ordinario
se les aparece en ellos en figura de Cabrón".
Una vez hecha la promesa tiene lugar la presentación
del novicio. Dos o tres horas antes de media noche el
maestro va en su busca, lo unta y juntos vuelan hasta
el aquelarre, "campo diputado para sus juntas". Y hay
que reconocer que en el caso de Zugarramurdi, pueblo vasco-navarro
que queda en la misma raya con el Labourd y de donde eran
muchas de las brujas acusadas en Logroño, este campo no
sólo tiene una realidad física, sino que está al lado
de una cueva o túnel subterráneo de grandes proporciones,
verdadera catedral para un culto satánico o pagano simplemente,
que está cruzado por el río o arroyo del Infierno, "Infernukoerreka",
y que tiene una parte alta donde es tradición que solía
estar el trono del Diablo. Aparecía allí el Demonio con
una forma muy concreta, "sentado en una silla, que unas
vezes parece de oro y otras de madera negra, con gran
trono, magestad y gravedad... y con un rostro muy triste,
feo y ayrado". No se comprende bien cómo esta especie
de gárgola gótica que se describe en la relación puede
seducir a nadie, pero el caso es que la bruja o el brujo
maestro presentan al novicio y se hace la ceremonia de
renegar: primero de Dios, luego de la Virgen, de los santos
y santas, del Bautismo y Confirmación, de sus padres y
padrinos, de la fe, de los cristianos que la profesan.
Tras renegar el neófito adora, besando al Demonio de modo
también repugnante. Una vez concluida la adoración el
neófito es marcado con una uña por el mismo Demonio, sacándole
sangre en una vasija. También le imprime una marca en
la niña del ojo: la consabida figura de sapo.
© Julio Caro Baroja 1966
Las brujas y su mundo