La religión.
Un tema de etnografía española
Un capítulo en el que las investigaciones antropológicas
modernas presentan cierta pobreza, cierta ausencia de
trabajos importantes, es el relativo a la religión.
Las monografías de algunos antropólogos
sociales y etnógrafos reflejan una falta de interés,
acaso del propio investigador por prejuicios de opinión,
también por falta de cierta cultura al respecto;
y en otras ocasiones el problema arranca de la misma pobreza
que presenta el grupo social que se estudia en punto a
cuestiones religiosas. Esta pobreza puede decirse que
está progresando de 1900 a 1984; y el proceso de
empobrecimiento es paralelo al que hemos encontrado al
referirnos a cosas tales como las técnicas y las
artes y la literatura.
El panorama histórico y etnográfico se
ha achicado hoy en relación con las cuestiones
religiosas a grados verdaderamente inverosímiles,
y previamente tendríamos necesidad de discurrir
un poco sobre este proceso de achicamiento, que además
es un proceso de banalización, por lo menos de
banalización aparente. Desde el punto de vista
antropológico es tremendo pensar que ya Nietzsche,
hace casi cien años, dijo aquello de: «Dios
ha muerto». Mucho más modernamente, Heidegger,
de una forma más matizada, decía concretamente
que la fe cristiana existía aquí y allá,
pero que en conjunto en la sociedad de nuestro siglo Dios
no es un dios viviente, como lo fue en otra época,
no es un dios viviente a la larga. Pues bien, los antropólogos
tienen, tenemos ante nosotros, este hecho dramático
de la falta de fe en la existencia de Dios, de la creencia
en Dios, en muchos grupos sociales; y de este hecho dramático
y de esta realidad que existe en España como en
otras partes, no hemos hecho ninguna reflexión
importante, hemos seguido con nuestros encajes de bolillos
y no nos hemos ocupado para nada de esta cuestión
tan dramática, como es que pueda haber, no ya en
las grandes ciudades, en las concentraciones urbanas,
una sociedad atea o que no tenga interés por estos
problemas; sino que también esto llegue a las comunidades
no urbanas y se convierta en una trivialización,
una banalización. Sin embargo, todos tenemos conciencia,
a poco que leamos libros de etnografía, de folclore,
de historia, de que la religión ha sido el motor
más fuerte de la vida social hasta hace poco. Nos
encontramos que, para bien o para mal, la religión
daba grandes consuelos a los hombres, producía
grandes luchas y que toda una serie de disciplinas científicas
que se desarrollan sobre todo en el siglo XIX nos hablan
de una ciencia de las religiones en concreto, de una historia
de las religiones y de una sociología de las religiones,
con lentes grandes que ahora tendríamos que sustituir
por unas más pequeñas.
¿Qué sabemos de la religión y de
la religiosidad en los grupos sociales observables en
España hoy?, porque de documentos históricos,
de documentos en el tiempo, tenemos una cantidad casi
excesiva -monstruosa-, desde los archivos inquisitoriales
hasta los archivos eclesiásticos de todas las diócesis,
obispados, catedrales, desde tiempos antiguos. En antropología,
hoy, esto se ha minimizado, y nos encontramos con que
no tenemos una idea clara más que de conceptos
generales, una idea muy oscura de la aplicación
de estos conceptos generales a nuestro caso específico
de la etnografía y antropología española.
Tenemos ideas generales sobre la religión católica
como la expresión de una forma común y extendida
de religiosidad, que tiene como todas, tres manifestaciones
o partes fundamentales, en teoría: una parte dogmática,
una parte narrativa y una parte ritual. Estas partes siempre
en el pueblo se han desarrollado de formas muy irregulares
y muy distintas entre sí; porque la limitación
del conocimiento de lo dogmático ha sido siempre
mayor que la limitación en lo narrativo o en lo
ritual; pero hoy, el conocimiento es mucho menor que en
siglos pasados, porque en siglos pasados había
muchas vías de divulgación, que llegaban
hasta el pueblo, del conocimiento de la religión
cristiana y católica. Tenemos nada menos que una
literatura, casi desconocida en absoluto por los críticos
literarios e historiadores de la literatura, que es el
sermón, el sermonario. Sabemos algo de los grandes
oradores sagrados del siglo XVI (Fray Luis de Granada),
los que hacían los libros de retórica sagrada,
los modelos en todo este orden que son los clásicos
de la literatura sagrada española. Pero, de la
cantidad de explicaciones que se daban, no a la gente
culta de las ciudades, a los hombres de letras, a las
personalidades que podían tener una cultura superior,
sino al pueblo; de esto tenemos una idea muy pequeña
y muy pobre, porque es forzoso decirlo- la lectura de
los sermonarios no es lo más placentero que hay.
Es decir que se pueden leer más fácilmente
comedias o textos que tengan cierto valor literario yque
nos atraigan porque nos llaman a la imaginación,
pero lo que era capaz de oír un español
del siglo XVIII en un sermón de pueblo, en Fray
Gerundio de Campazas está bien expresado, eran
unas cosas tan imposibles de pensar que hoy lleguen a
la generalidad de las gentes, que esto es ya un motivo
de sorpresa.
Otro elemento que tampoco puede considerarse fuerte hoy
en la vida popular es la lectura de libros de santos o
de biografías de personas que aspiraban a la santidad.
Esta bibliografía es también enorme y nos
da unos arquetipos, unos modelos de fe religiosa que las
gentes populares han tenido, es decir, que estas biografías
de monjas milagreras, de ascetas, de monjes que tenían
fama en un grupo limitado de una comunidad, como podía
ser en Valencia, en Cataluña, en Castilla, es algo
que también en nuestro siglo se ha barrido y no
es más que una memoria -si es que la hay- en el
pasado, muy difícil de reconstruir y seguir.
Todavía tenemos toda esa literatura popular, popularísima,
que eran las comedias de santos, las comedias con grandes
tramoyas, en las que los santos aparecían realizando
los milagros ante el público, con trucos escenográficos
que hasta el siglo XIX eran populares -no había
fiesta de pueblo un poco importante que no las tuviera-
y que hoy son también algo del pasado, algo de
lo que no tenemos ni idea remota de la importancia que
ha tenido.
Es decir, que para entender las partes dogmática
y narrativa de lo que ha sido la religión hay aquí
un hiato, una falla enorme, en nuestra concepción,
en nuestra visión de antropólogos actuales.
Esto mismo se puede reducir a una literatura todavía
mucho más popular, más hecha para el pueblo,
que es la literatura de los pliegos de cordel, en la que
constantemente están gravitando sobre las personas
y los temas, los milagros, las intervenciones de la Virgen,
etc.
Nos encontramos, pues, con un empobrecimiento total,
desde comienzo de siglo hasta hoy. La limitación
de los conocimientos de las partes dogmática y
narrativa sería necesario suplirla por grandes
investigaciones de tipo bibliográfico y haciendo
análisis de los conceptos que al pueblo le han
podido llegar por esta vía oral: sermón,
recitación, teatro, etc. Posiblemente lo que quede
todavía más vivo, con más vigencia,
son ciertos aspectos de la vida religiosa en lo ritual:
los ritos. Los ritos de la iglesia y los que están
pegados a ella.
Es evidente que, a lo largo del año, las fiestas,
las grandes celebraciones siguen teniendo, en pueblos,
villas y ciudades, una vigencia mucho mayor y son más
visibles, más estudiables. En cualquier monografía
antropológica sobre una comunidad rural puede haber
un capítulo bastante desarrollado sobre las fiestas
del año, las ceremonias a que dan lugar, etc. Pero,
esto también, hoy en el mundo moderno, tenemos
que estudiarlo desde un punto de vista algo distinto al
pasado, porque en esta parte ritual de la religión
es claro que, en muchas grandes ciudades y en pueblos,
se observa el efecto de la comercialización y del
turismo, que es un efecto distinto a lo que era en su
origen; es un efecto propio de nuestra época, pero
no el clásico que tenían estas celebraciones.
Así que tenemos aquí una figura de lo que
es lo religioso y esto da ocasión a que las encuestas
que se han hecho desde dentro de la iglesia por sacerdotes,
por gentes interesadas en el problema desde el punto de
vista de la fe profesional, de su creencia, den unos resultados
que son muy problemáticos, en relación con
la fe religiosa en conjunto. Hace algunos años,
unos amigos míos, sacerdotes, hicieron una encuesta
sobre la fe tal como se presenta en Navarra -no es una
encuesta antropológica sino una encuesta hecha
por personas de la religión- y se encontraron con
unas figuras de fe que son completamente imposibles de
meter en el mundo tradicional dogmático de la iglesia
católica. Por ejemplo, se hacía una pregunta
acerca de la creencia en la existencia de Dios y a esta
pregunta contestaba afirmativamente una porción
enorme de la masa interrogada, un noventa y tantos por
ciento creía en Dios; pero luego, paradójicamente,
se hacía algo parecido en relación a otros
aspectos dogmáticos de la religión y ahí
la cifra ya no era la misma, lo cual quiere decir que
la religión estaba en una especie de situación
comprometida en su totalidad o en su esquema general.
Es decir, que si se preguntaba sobre la creencia en el
diablo, la estadística bajaba de una manera terrible.
En conjunto, en esta encuesta, que es muy interesante
y que los antropólogos no han utilizado, se veía
que el hombre moderno en este orden, y estando dentro
de un esquema, como es el esquema religioso católico,
cree, o creía, en lo que le conviene y en lo que
no le conviene no, cosa que verdaderamente es chocante,
pero que es así. Por ejemplo, se hablaba de la
creencia en la inmortalidad del alma y en esto sí
creían muchos; en la creencia en el infierno, menos.
Esta especie de configuración de la creencia en
la sociedad actual es algo que, desde el punto de vista
antropológico, es fundamental, pero, como sigo
diciendo, los antropólogos seguimos haciendo encajes
de bolillos y ocupándonos de lo secundario y no
de lo principal, siendo éste uno de los temas principales
de la antropología moderna.
Tenemos otro asunto que está relacionado con éstos,
la forma de la fe religiosa que se da en la vida urbana
y en la vida rural. Estas dos expresiones son fundamentales
y aquí no vamos a hacer una distinción sociológica
más o menos aproximada sobre lo mucho que se ha
dicho de que la vida urbana produce una mayor falta de
fe y la vida rural mantiene ciertas formas de fe, porque
esto sería banalizar, trivializar y convertir la
respuesta en una cosa de antemano pensada o sabida. Tenemos
que investigar más en esta dicotomía, en
esta diferenciación, porque en este mundo -son
cosas que aparecen a veces como con un aire muy ligero
y muy superficial- por alguna causa (que no está
bien estudiada y que tampoco ni los antropólogos
ni los sociólogos nos dicen), no encontramos una
razón para que algo tan antiquísimo, tan
precristiano y tan anticristiano como es la fe en la astrología,
hoy, en todas las grandes ciudades del mundo y en todas
las sociedad urbanas tenga representación y expresión.
Pueden ustedes decir que el que aparezcan horóscopos
en los periódicos y en las revistas es una banalidad,
es una anécdota, un juego como el de los crucigramas
o algo por el estilo; pero esto también lo decimos
a priori. No sabemos bien qué es lo que pasa en
las conciencias de la gente cuando hoy en el mundo, más
en la ciudad que en el campo (esto siempre ha sido más
urbano que campesino), nos encontramos con que la fe astrológica
tiene su expresión, y que esta expresión
¿no nos llevará a pensar que los que la
manifiestan están metidos en la lucha filosófica
entre los fatalistas y los que piensan en el libre arbitrio?
Mucha de esta gente no tiene la menor idea acerca del
enorme drama que hay entre la fe astrológica y
la fe cristiana, no saben nada respecto a la contradicción
que puede haber en la creencia en un hado, un fatum, y
la creencia en el libre arbitrio, porque en realidad estos
problemas son para el hombre moderno otros tantos paréntesis,
surgen: surge la fe astrológica en un momento dado,
como surge la fe en Dios en otro o la falta de fe en el
diablo por otro, pero todo está falto de la estructura,
de la trama fundamental que tenía en otros siglos.
Estamos en un momento de desintegración de todos
estos pensamientos, como nunca se ha podido imaginar.
¿Efectos del racionalismo? En parte sí,
en parte no, porque la fe astrológica es no sólo
anterior a la fe cristiana sino a toda idea de pensamiento
racional sobre la libertad del hombre.
También podemos pensar que, en la vida urbana,
todavía hay una parte de fe en las técnicas
adivinatorias antiguas. Todos sabemos que, por las calles
o en ciertos rincones, hay gentes que se dedican a la
quiromancia, que es una cosa muy antigua y que está
corrientemente también banalizada en el hecho de
que el joven o la chica le pregunten a la gitana la observación
de la mano. Pero el estudio de las artes adivinatorias
en una forma no anecdótica es también un
estudio que está fuera de la investigación
real, y otro tanto puede decirse sobre las prácticas
populares de brujerías y hechicerías, acerca
de las que la sociedad moderna tiene una curiosidad un
poco morbosa. Cuando yo escribí un libro sobre
las brujas y otro sobre las vidas mágicas y la
Inquisición, lo hice en una época en la
que la carne de bruja y de inquisidor estaba más
barata que ahora, no había tanto interés
morboso como hay hoy por estos temas. No cabe duda de
que este interés por cuestiones de este tipo, relacionadas
con magias, satanismo, etc., indica un hecho que en antropología,
en etnografía, no está estudiado. Como tampoco
hay unas buenas informaciones (y sigo con el problema
sobre todo de las sociedades urbanas) de cuál es
la situación real de las comunidades protestantes
de tradición vieja en España, que hay y
parece que no existen y no interesan; de cuál es
el sentido de la penetración de ciertos grupos
nuevos religiosos, exóticos, en el país.
Yo en conjunto, haciendo ayer el guión de esta
intervención, veía que en nuestra disciplina
hemos dejado a un lado cosas de una importancia enorme,
para dedicarnos a cosas de una importancia tal vez secundaria,
pero que son más fáciles de seguir con un
método ya dado y con un procedimiento escolástico,
el que sea.
Si del mundo urbano vamos al mundo rural, nos encontramos
con una situación muy distinta según las
diferentes partes de la Península. Porque no cabe
duda de que la zona norte en conjunto ha sido una zona
en la que se han conservado más hasta nuestros
días -por lo menos hasta los días de las
personas de mi edad- una cantidad de creencias que tocan
a la parte narrativa no de la religión católica,
sino de algo que es lo que podemos llamar los sistemas
míticos. El mito, para mucha gente de hoy, es algo
opuesto a la realidad. Esta es una concepción que
arranca del racionalismo de los griegos, cuando empiezan
a hacer la crítica de sus propios mitos, empiezan
a considerar que las fábulas, lo que cuenta Homero,
o los poetas y los trágicos, es algo que atenta
a la dignidad de lo que puede considerarse que es un dios.
Esta especie de negación de la realidad del mito
la aprovechan los cristianos, y después en el mundo
del positivismo moderno, de la filosofía del siglo
XIX, se sigue utilizando la idea del mito como opuesto
a la realidad, como algo equivalente a fábula,
a cuento, a relato, frente a lo que es la razón
y la historia, que son la realidad, el logos. Pero esta
posición es intelectualista; tanto en los griegos
y en los cristianos había intereses particulares
para presentar el mito desde este punto de vista, como
en los racionalistas del mundo moderno.
En el mundo campesino, en el mundo que yo todavía
he podido estudiar en algunas comunidades de la tierra
de Navarra, o en algunas otras regiones donde he hecho
pequeños sondeos y otras personas mayores que yo,
que lo han hecho con más intensidad, nos encontramos
con que esto, el mito en sí, es una parte de la
realidad, de la vida del mundo, que tiene en sí
misma tanta realidad como puede tener un animal, una planta
o un monte; es algo que está metido en la realidad.
A veces lo que pasa es que unos han pensado que ésta
era una realidad del pasado, muchas personas en el mundo
campesino cuentan estos relatos, estas tradiciones, como
si fueran sucedidos reales pero traspasados al pasado.
Para otros, sin embargo, todavía es realidad del
presente, algo vigente hoy día. Esta representación
distinta del mito como realidad pasada o presente es algo
que no está del todo bien analizado en los libros,
como tampoco está bien analizado el modo como el
mito puede estar viviendo al lado de la creencia religiosa
dogmática. Porque la religión católica,
cristiana, es la que ha considerado siempre que estos
mitos son expresiones de la falsedad y de lo no existente,
y, sin embargo, para el hombre que vive en el campo y
que en parte es creyente y católico, el mito sigue
siendo algo que no es falsedad ni relato, sino que existe
y que explica una parte de la realidad. Si hacemos un
recuento de los mitos que pueden darse en tierra vasca,
que es un poco particular, o mitos que se pueden dar en
la Montaña de Santander, o en Asturias o en Galicia,
que a mi juicio son las zonas en que la representación
mítica del mundo es mayor, nos daremos cuenta de
que muchos de ellos existen en función de fenómenos
naturales, de paisajes muy concretos, que no tienen ese
carácter de universalidad que puede tener un mito
griego antiguo o una concepción de una religión
absolutamente vigente en todas sus partes. Es una concepción
fragmentada, limitada, de algo que es natural, verdadero,
pero que está achicado en su contorno, por lo mismo
que tiene un contorno distinto alrededor que es la fe
religiosa, la fe católica.
Los mitos se dan como una parte de la realidad, no sólo
en función de los orígenes, sino también
en función de los hechos de la vida cotidiana,
y esto hoy es más difícil de seguir que
en otras épocas. Pero si, para un hombre moderno,
o para un hombre ya racionalista del siglo XVIII o XIX
por ejemplo, la creencia en duendes es una fábula
o una superstición -un mito en el sentido racional
de la palabra-, para la gente que aún vive (hay
casos en el Alto Aragón y en otras partes) que
cree en la existencia de estos seres, de casas habitadas,
de otras representaciones, que para nosotros son falsas
o no existentes en la forma que pensamos que es la realidad,
es evidente que el mito tiene una corporeidad, una razón,
que no es la que nos da la interpretación griega,
ni cristiana, ni racionalista. Es algo que hay que estudiar
en sí, pero, ¿quién lo estudia?,
pues en esto los folcloristas del siglo pasado hicieron
mucho más que los antropólogos del siglo
XX, claro que tenían más materiales par
hacerlo. Pero aquí -y como ven ustedes estoy haciendo
un índice analítico de fallos de nuestra
investigación-, aunque no será fácil
de llenar ya, por el mismo deterioro de nuestra idea,
un poco de análisis de algunos mitos explicativos,
de algunos mitos naturalistas en relación con las
sociedades y las poblaciones que hoy queden con caracteres
más tradicionales, se podría hacer, porque
no se ha hecho. No se ha hecho porque también en
algún aspecto en los antropólogos pesa este
criterio de racionalismo decimonónico y quieren
explicar estas cuestiones en función de ideas propias
de ellos y no del prójimo (las supervivencias y
todos estos vocabularios de los que hablábamos
en otra ocasión).
Tendríamos que volver a estudiar no solamente
esto sino otros conceptos que tocan otra vez a la religión
cristiana y a la religiosidad del hombre, en función
del cristianismo y concretamente del catolicismo. Los
antiguos teólogos españoles, que hoy son
muy poco leídos, pero que para el conocimiento
de la historia del pensamiento español y del desarrollo
de la historia de España son lecturas fundamentales,
hacían una distinción fundamental en la
teología cristiana. Había una parte especulativa
-el conocimiento de Dios en sí mismo- y una parte
práctica, que era otro aspecto que hoy también
los antropólogos nos hemos comido, lo hemos dejado
un poco de lado con nuestras reglas de métodos
sociológicos, etc. Es el estudio ético,
en relación con la creencia religiosa o con algo
que no es creencia religiosa, de esta parte práctica
que decía fray Luis de Granada que es el estudio
de los vicios y de las virtudes de los hombres específicamente,
objetivamente.
En una novela o relato antiguo, esta división
del hombre como un ser con vicio y con virtud era una
cosa clara, distinta y evidente. No hay más que
ver cualquier comedia clásica para verlo. Pero,
en el hombre moderno, este aspecto de la parte práctica
de la religión y del estudio de los vicios y las
virtudes se ha sustituido por otros conceptos que se consideran
más científicos pero que sin embargo no
nos evitan el tener que analizar el problema del bien
y del mal, considerados como aspectos fundamentales de
la ética y la sociología del hombre. ¿Qué
es el bien, qué es el mal para una comunidad actual,
sea urbana o rústica? Si empieza uno a buscar bibliografía
un poco segura y un poco objetiva sobre este tema, se
encuentra con que no hay, no hay más que banalidades,
más que pequeñas suposiciones.
En esto volvemos a la pregunta primera respecto a qué
significa la expresión de Nietzsche: Gott ist tot
(Dios ha muerto) y hasta qué punto podríamos
pensar en que, en el mundo contemporáneo, ha muerto
tal vez más todavía el diablo. La conciencia
popular de Dios tiene su dimensión propia hoy,
la conciencia popular del diablo también tiene
que tener una dimensión propia. Pero en realidad
se intuye, se prevé que son dos conceptos, si quieren
ustedes, nada más que dos conceptos que los sociólogos
y los antropólogos tienen completamente abandonados
y que, sin embargo, hay que volver a estudiar, hay que
volver a ajustar a una visión, porque puede haber
incluso proyecciones de lo religioso a lo estrictamente
laico. Todos sabemos que, en el mundo moderno de la vida
religiosa y de los conceptos relacionados con la religión,
se han trasladado muchos conceptos a la vida política
y a lo que no es religioso. Es decir, que ideas sobre
el bien y el mal las tiene mucha más gente que
la que tiene ideas sobre el problema de la existencia
de Dios o del demonio.
De todas maneras, aquí nos encontramos con la
necesidad de un nuevo análisis que tendría
que abarcar los temas sociológicos con relación
a la organización social, las representaciones
colectivas dentro de esta organización y los elementos
que han quedado dentro de nuestra vida cotidiana actual
de todas aquellas teorías antiguas acerca de la
significación moral de los estados, de los hombres,
no sólo en relación con la moral del campesino,
sino también del mercader, del soldado, del juez
o del hombre de leyes, de los hombres pudientes por razones
específicas de nuestra época y, en fin,
la moral de los grandes príncipes y las personas
que están a la cabeza de los pueblos. Esto tampoco
ha sido objeto de un examen o análisis valioso;
probablemente hay razones para pensar que, en la representación
colectiva que tiene el hombre moderno respecto a personas
que no son de su clase social o de su estado, gravitan
muchas ideas antiguas y muchos lugares comunes heredados.
Lo que pasa muchas veces también es que estos lugares
comunes heredados no se sabe cuál es su origen,
se dan como algo existente, pero el origen o la justificación
racional primera de por qué se cree esto no está
aclarada; y, por lo tanto, es algo en lo que nos encontramos
un campo inmenso de investigación, si nos planteamos
la exposición de la idea de Dios en la sociedad
moderna. Un campo enorme, si nos planteamos la posición
de las creencias antiguas no cristianas, en relación
con temas tales como la predestinación, el valor
de las artes adivinatorias, de la astrología. Un
campo de investigación enorme también, si
en cada región de España queremos obtener
una figura real de cuál es la representación
colectiva que hay de la religión en sí (ese
caso de Navarra se puede extender a muchas partes y profundizar
desde un punto de vista antropológico). Luego nos
encontraremos también con que aún se puede
hacer alguna investigación bastante original en
relación con la concepción de los mitos,
donde existan, y el papel que tiene en la vida moral del
hombre español actual esta herencia difusa, no
bien conocida, de las reglas que daba la teología
cristiana en su parte práctica, en este análisis
minuciosísimo que hicieron los casuistas en su
época, sobre todo en los siglos XVI y XVII, de
los vicios de los hombres como tales.
Esto, como programa antropológico, creo que vale
tanto como los estudios sobre tecnología o sobre
regímenes sociales y económicos, o sobre
organizaciones de tipo social en relación son los
oficios, que son los que nos llevan el mayor tiempo y
la mayor preocupación. Porque, en suma, cuando
se toca este problema de las creencias, de la religión,
es cuando vemos que hay una falacia grande en estas divisiones
por asignaturas, como puede ser la división aceptada
y ya convertida en dogma entre la antropología
social y la antropología cultural. La antropología
social puede ser un aspecto sociológico, el estudio
de ciertas reglas sociales, y la antropología cultural
puede tener también una limitación en el
estudio de tecnologías y artes industriales y oficios;
pero cuando se toca es problema de la fe y de la creencia
y de cómo todos los elementos de la vida del hombre
están constituidos en función una fe o de
una falta de fe, entonces esta división, que parece
tan pedagógica, tan clara, y que en sí puede
parecer que está bien como asignatura, nos deja
fuera una cantidad enorme de investigación. Porque
hoy, aquí y fuera de aquí, hay un peligro
grande, que es el de confundir las reglas o el método
de la enseñanza, para el cual el dividir el conocimiento
humano en asignaturas es útil, con el método
de investigación, en el cual la asignatura es como
un corsé, es algo que no nos sirve, no nos llena,
no nos cumple, porque hay unas interrelaciones, que no
son esto de los trabajos interdisciplinarios que hacen
los profesores en sus cátedras, uniendo un estudio
de sociología con otro de economía, etc.,
sino que es la materia del conocimiento en sí la
que está unida y la que no podemos dividir en estas
formas tan pedagógicas y tan comunes. Hay que romper
a veces el método de la enseñanza y volver
a ver las cosas en sí mismas, y sobre todo verlas,
a lo mejor, con unos ojos que no son precisamente los
de nuestra visión científica del mundo moderno,
sino que hay que reconstruir unas visiones en las que
estos esquemas, estas reglas de investigación que
nos han impuesto no sirven más que para ofuscarnos
e impedirnos ver unas realidades, como son todas éstas.
Hoy puede decirse que de una gran parte de la investigación
antropológica moderna todo esto que he expuesto
ahora, de una manera un poco torpe y sin los debidos apoyos,
es algo que no tiene demasiada importancia; y sin embargo,
dentro de la vida histórica del país es
algo primordial. En esto pasa igual que con el estudio
del arte popular en relación con la literatura,
y con algo que ya es más problemático, que
es la posibilidad de hacer un análisis de si existe
o no una filosofía popular, que no es lo mismo
que una sabiduría popular.
En fin, hoy creo que he tratado la parte más problemática
que tenía ante mi en este curso, y lo que desearía
es que ustedes, si tienen alguna duda u objeción,
la hicieran individual y particularmente, porque para
mí el problema fundamental que hoy tenemos es el
achicamiento del estudio de la etnología y de la
antropología española, por excesivo dogmatismo
de cátedra.
Julio Caro Baroja
Antropólogo. Madrid