AUTOBIOGRAFIA
Una vida en tres actos
I
El hecho de que una revista que se llama "Triunfo",
por más señas, pida mi autobiografía
podría llenarme de satisfacción y colmar
mi vanidad. ¿Pero qué ha de contar de su
vida un hombre con 66 años, nunca fuerte y que
más que actor ha sido siempre espectador? Además,
acaso ya he abusado del género autobiográfico,
aunque no como espejo de mi mismo, sino de IQS que me
rodeaban; pero mis memorias familiares se paran en 1956
y desde entonces pienso que he vivido de propina: una
propina modesta, porque el tránsito de los 42 a
los 66 años ha sido bueno desde el punto de vista
familiar, mediano desde el punto de vista público
y malo desde el físico u orgánico. ¿Qué
es uno ahora? Una especie de sombra.-Pero usted no se
puede quejar -dirá alguien-. Hay pocos eruditos
de los que se ocupe tanto la prensa, la radio y la televisión.
Escribe libros que siendo de materias específicamente
pesadas se compran y tiene cierta independencia económica.
Es verdad. Esta es, sin embargo, la apariencia. Lo interior
y más importante para mí, hoy, resulta ser
otra cosa.
Veo con claridad que he tenido una vida
en tres largos actos. Fue el primero, el más lejano,
pero también el más importante para mí.
Duró de 1914 a 1936, con recuerdos más intensos
y netos cada día, a partir de 1917... En 1936 la
vida se me truncó como a tantos otros. Lo que viví
después, de 1936 a 1956, fue todo menos placentero:
trágico y peligroso durante la guerra, duro y antipático
de 1939 a 1945. Después vino la muerte de los más
queridos. La muerte de los míos. La "vida
fuerte", primero plácida, trágica y
dura luego, acabó cuando tenía 42 años.
Llegó el tercer acto: he vivido más holgada,
más suavemente, desde el punto de vista económico
y social. He tenido algunos pequeños éxitos
profesionales y he visto a los míos prosperar.
Pero el "quid" falta. Siempre he sido como un
espejo: antes un espejo nuevo, ahora un espejo roto que
hace aguas y que refleja algo poco brillante. ¿Qué
puede contar un espejo viejo de lo que ve un camaranchón?
Poca cosa, sin duda. Sin embargo, ahí va la narración
resumida de mi existir. Los que vinimos al mundo en 1914
podemos decir que hemos nacido en el último año
del siglo XIX, o si se quiere en el último año
de una época que podría considerarse que
empezó en la segunda mitad de aquella centuria.
En España acaso con la revolución del 68.
Aún después del año fatídico,
del 14, quedó muy vivo el reflejo de aquel período.
Yo he pensado y lo he dicho varias veces, que entre el
Madrid de 1925 y el Madrid de 1875 había más
afinidad que entre el de 1925 y 1975. El tránsito
fue brusco luego, al caer la Monarquía poco más
o menos. En 1925, o poco antes, un niño de Madrid,
de mi barrio, levantado en época progresista, podía
oir cantar a los ciegos con sus guitarras en la calle,
podía comprar en la Plaza de España romances
de bandidos, libros de caballerías, poemas en honor
del general Prim y la relación de los estragos
de las fieras "Corrupia", "Crupecia",
"Maltrana", etc. Veía desfilar a las
tropas con ros y pantalón colorado, camino de palacio.
Podía asistir a la parada y admirar a los alabarderos
moviéndose al son del pífano con sus tricornios,
capas blancas y picas. Durante las vacaciones de Navidad
podía ir al teatro, a deleitarse con "Los
sobrinos del capitán Grant" o "La vuelta
al mundo en 80 días ...y ver la Plaza Mayor tal
y como la dibujaron Ortego o Pradilla. Gruesas madrileñas
con mantón alfombrado, pequeños madrileños
con el bigote rizado a tenacilla, como Tadeo el de la
canción; modistas morenitas con trajes oscuros;
organillos, losgolfos en la Tinaja, y las tiendas de comestibles
que aún se llamaban de "ultramarinos"
o de "productos coloniales". En el barrio vivían
la infanta Isabel, duquesas tronadas, flamantes "marquesas"
"fin de siècle" y los novios hablaban
por señas: él desde la acera y ella desde
el segundo o tercer piso de la casa de enfrente. Había,
porteros con librea y grandes patillas, mayordomos imponentes.
Los carros de bueyes cargados de jara llegaban a las panaderías
y en los altos de la Princesa había una posada
con carros y mulas en torno, residencia eventual de arrieros
y, carreteros de la Sierra o de La Mancha. Era aquél
un Madrid en que se oían los grillos y los gritos
agudos de las colegialas en el recreo: a los vencejos
al comenzar el verano y a los traperos botelleros, lañadores
y afiladores ambulantes. ¡Intente usted oir ahora
un grillo "animal" en la Villa y Corte! A grillos
humanos sí. Este era el escenario de mi niñez
raquítica, que empezó, sin embargo, como
una comedia de magia. Porque me dio de España y
de los españoles una imagen fantasmagórica.
¿Por qué? Porque en mi casa de la calle
de Mendizábal, 34, luego 36, vivían dos
magos, mis dos tíos. Y de los cinco a los quince
años he visto desfilar por ella, o por la imprenta
de mi padre, a Azorín y a D'Ors, a Azaña,
a Valle Inclán, a Juan Echevarría, a los
Zubiaurre, al doctor Pittaluga, a don Ciro Bayo, querido
camarada de mi niñez; a sin fin de escritores,
novelistas, poetas, pintores y artistas en general. También
a profesores más o menos famosos y venerables y
a bohemios que ofrecían a mi padre sus servicios
como traductores a bajo precio, o fabricantes de novelas
verdes. Cada persona o personalidad de éstas era
objeto de un juicio distinto según el que la hiciera
fuera mi tío Pío, mi tío Ricardo,
o mi madre. Pío estimaba más a Azorín,
a Echevarría, a Pittaluga, a don Ciro. Ricardo
a Valle Inclán y a Azaña. Mi madre era benévola
y simpatizaba con todos. Primera razón para sentir
la fuerza de la libertad. Yo era un "eleutero país"
sin saberlo. Esto lo pagué después. ¡Pero
mientras tanto! Mientras tanto, una borrachera casera
continua. Durante años, los domingos iba bulevares
arriba a almorzar a casa de Ortega. Mi tío Pío
se encerraba con él en un despacho abarrotado de
libros en "orden filosófico" (no doméstico)
y yo jugaba, sobre todo con José, bajo la protección
de un hermoso cocodrilo disecado que en una vieja iglesia
hubiera podido representar a la tarasca, al dragón
infernal. De vuelta, mi tío comentaba lo que habían
hablado y yo me familiaricé así, pronto,
con los nombres de Frobenius, Schulten, Tartessos, "El
Decamerón negro".
Con mi tío Ricardo iba en cambio a las exposiciones,
veía los cuadros y oía los comentarios que
éste hacía con Chicharro, con Mir, con Solana
o con algunos pintores y grabadores más viejos,
como don Tomás Campuzano. A veces se sumaba al
grupo viejo algún jovencito modernista. Yo he visto
hacer todos los papeles posibles del "Tenorio"
a Valle-Inclán, a Azaña vestido de cardenal
en un baile de máscaras, a mi tío Pío
convertido en farmacéutico de teatro y a mi tío
Ricardo en papel de ángel flamígero. He
oído comentar las representaciones de "El
mirlo blanco" a Pérez de Ayala, " Andrenio"
y Canedo y he visto y oído a Rivas Cherif hacer
el bululu imitando la voz de Magda Donato.
Si no he sido pintor, novelista, poeta
o farandulero ha sido porque era de ánimo asténico,
reflexivo y rigorista y porque en casa también
observaba otras cosas y tenía otros ejemplos o
modelos. Mi abuela materna, la que estaba siempre más
cerca de mí, era una mujer creyente, ascética,
con tendencia al pesimismo. que no participaba para nada
de las grandes expansiones, pero que, en realidad, era
el "Norte de navegación" de la casa.
Mi padre un temperamento solitario con explosiones de
humor y largas horas de depresión. Trabajaba mucho
con poco fruto y poca suerte. Primer correctivo. El segundo
creo que me vino por la educación: por la escuela
y el instituto. El tercero por el contacto con los obreros
de la imprenta de mi padre. Allá por el año
de 1921, después de estar unos meses en una escuela
de barrio, regentada por no sé que orden, a la
que llamaban "del babero" y de la que no conservo
mal recuerdo y después también de haber
tenido una "fraülein" preciosa por poco
tiempo, entré en el Instituto-Escuela de Madrid,
de donde no salí hasta diez años después.
Las profesoras de los párvulos eran admirables.
Los párvulos no tanto: o al menos no me lo parecían
a mí. Había mucho madrileñito esmirriado.
alguno ya achulapado y no todo era buena intención
en la santa infancia. Más tarde los caracteres
de mis condiscípulos y condiscípulas se
me dibujaron más y mejor en la conciencia. Hoy
veo a las chicas, en conjunto, mejores que los chicos;
acaso esto es consecuencia de un primer enamoramiento
infantil, que todavía me escuece alguna vez. Llegó
luego la hora de las amistades fuertes, fraternas, hermosísimas...y
también de las hostilidades y piques entre condiscípulos:
la de distinguir a tontos y listos, insignificantes y
un poco molestos de los valiosos. El mundo mágico
de la casa se rompía con el trato escolar. Era
este otro mundo. En relación con los profesores
he de decir que con la excepción de alguno de matemáticas
que para mí fue obsesionante, de todos los demás
conservo un recuerdo estupendo: cada cual por su estilo.
Bondad extraordinaria de algunas mujeres
como las señoritas de Quiroga o el "señor"
Carrascosa, camaradería en Terán, viveza
no exenta de genio en Sos, interés familiar en
Atauri u Oliver y competencia grande en conjunto. Sentido
del deber estrecho en el "señor" Navarro
y otros. Y luego los grandes maestros, Crespí,
León, Gili. Para mí. sobre todo, don Francisco
Barnés. Creo, en suma, que el profesorado estaba
por encima del alumnado, aunque entre mis condiscípulos
había chicos con mucha chispa: Joaquín Sánchez-Covisa,
Juanito Negrín, Alvaro D'Ors. También el
mejor amigo mío: Juanito Barnés, que era
la bondad hecha carne.
En el Instituto vivíamos en régimen de
libertad: pero las ideologías "fuertes"
e intransingentes ya apuntaban o más que apuntaban
en algunos. De todos modos observando lo que allí
pasaba en plena dictadura puede decirse que era un raro
oasis. Coeducación, derecho a estudiar o no estudiar
Religión (yo la estudié) posibilidades mayores
que en otros centros de aprender francés, inglés
o alemán, cultivo de los trabajos manuales y de
las Artes. Un oasis, con todas las ventajas y todos los
inconvenientes de las cosas pequeñas y gratas rodeadas
de desiertos. De todas formas al Instituto llegaba algo
de la acritud popular y del entonamiento de ciertas familias
de la clase media. Yo lo observé.
También observé, como hijo
de editor e impresor, que el Madrid de los obreros era
otra cosa muy distinta a los otros tres Madriles, en que
vivía más: el callejero, el de la casa y
el de la escuela. Cuando yo entraba en las cajas o en
la encuadernación de la imprenta de mi padre, a
los cinco o seis años, no era más que un
niño y como tal me trataban; pero ya a los catorce
o quince notaba que el trato era algo distinto: era el
"hijo del patrón", o de don Rafael y
aunque don Rafael como persona no era mal considerado,
no dejaba de ser el "patrón"; un representante
del capitalismo. Los cajistas eran socialistas más
doctrinarios que los encuadernadores. Pero no sé
bien qué idea tenían del capitalismo. Mi
padre siempre andaba alcanzado con los bancos, para sostener
una imprenta con pocos obreros: para estos, sin embargo,
era tan capitalista como el conde de Romanones. Cierta
tensión podía producirla el que mis tíos
fueron también patrones en su tiempo. Pío
no simpatizaba mucho con el partido socialista... o al
revés. Aún en plena guerra un poeta famoso,
que vive, creo que escribió ciertos versos contra
él, echándole en cara su condición
de patrón y de panadero por más señas.
En cualquier caso, de la imprenta llegaba
más olor acre, que no era sólo el del engrudo
o las tintas enranciadas.
Todo esto contribuyó a que yo
no haya sido nunca un doctrinario o un ideólogo.
Es evidente. Pero la "cuádruple raíz"
de mi antidoctrinarismo tiene otro raigón tremendo,
como el de algunas muelas que cuesta mucho arrancar. Yo
he estado a punto de nacer en Vera de Bidasoa y desde
que tengo memoria la casa de Vera para mí ha sido
la casa familiar por excelencia. He vivido allí
casi la mitad de mi vida y allí moriré probablemente.
Esto ha hecho que mi contacto con el mundo vasco-navarro
haya sido fuerte y constante y que en última instancia,
hablen de mí con frecuencia, como de un intelectual
vasco.
De mis cuatro primeros apellidos uno
es andaluz, el primero. Otro alavés. Luego vienen
dos italianos, de Génova y de Como respectivamente.
Detrás, sí, van apelotonados otros navarros,
guipuzcoanos, vizcaínos... incluso por el lado
paterno. Pero ahora de viejo, cuando las cosas que ocurren
en España y concretamente en tierra vasca, me exasperan
e irritan, me agarro a mi italianismo de origen, como
a un clavo ardiendo, aunque hoy Italia no pase por sus
mejores momentos.
Yo no soy un hombre de "raza pura"
y hoy doy gracias a Dios por ello. He vivido en tierra
vasca y la amo más que a otras, evidentemente.
Pero en tierra vasco-navarra, cuando era niño,
como hoy, podía darme cuenta de que por un concepto
u otro no era un producto genuino de ella. Allá
por los años en que mi tío Pío compró
"Itzea", mi casa actual, Vera era un feudo de
carlistas e integristas. Mi tío llegó con
una hermosa reputación. Fue llamado así
"el hombre malo de Itzea". Las monjitas de la
enseñanza dijeron a los niños que en el
tejado de la casa había puesto una veleta que representaba
al diablo haciendo burletas con las manos a la Santa Cruz.
La veleta, en readidad, era reproducción de la
de San Marcos de Venecia, con el león rampante.
Los frailes de la enseñanza decían que nuestra
casa estaba llena de sabandijas, alimañas, sapos,
culebras y demonios. Una delicia.
Esta mitología hizo su primer efecto: pero, poco
a poco, el pueblo se acostumbró al' 'hombre malo'
, y a su familia y al fin terminamos siendo una rareza
ornamental. ¿Pero qué tenía aquello
que ver con el barrio de Argüelles, con la imprenta
de mi padre, con las amistades de mis tíos y con
el profesorado y el alumnado del Instituto-Escuela?
Los marcianos, si los hubiera (que parece que no los
hay) no serían más diferentes de un obrero
socialista de la calle del Limón de los que trabajaban
en casa de una solterona beata de las que pontificaban
en las tiendas de Vera. En lo único en lo que podían
coincidir era en la certeza de su propia perfección.
Más interesante que observar a monjitas, beatejas
y sacerdotes lectores del "Pensamiento Navarro"
o "El siglo futuro", era hablar con la gente
del campo y de los talleres rústicos, que tenían
curiosas imágenes del mundo y con las que mi tío
Pío echaba largas parrafadas. De 1912 a 1935 sacó
mucho provecho literario de aquellas conversaciones y
de ellas yo también empecé a sacar algún
fruto hacia 1930.
Cuando pienso ahora en lo que a los vascos les gusta
pensar de sí mismos, me doy cuenta -sin embargo-
de que el esfuerzo que hizo mi tío para aproximarse
a una realidad más honda y fuerte, ha sido esfuerzo
vano. Los "vascos profesionales" y "confesionales",
siguen creyendo que "Amaya", o cosas por el
estilo encierran el secreto de su ser. Al vasco de cartón-piedra
le interesan las novelas de cartón-piedra y los
espectáculos del mismo material. Pero acaso le
pasa lo mismo al castellano, al catalán o al andaluz,
al español de izquierdas y al de derechas, pétreo
y acartonado.
A los dieciséis o diecisiete años, era
yo un adolescente esmirriado y enfermizo, con cierto aspecto
de seminarista y sin ningún atractivo físico.
Había hecho los estudios de bachiller de modo irregular:
con una impermeabilidad absoluta para las ciencias físico-matemáticas,
algo de mayor curiosidad por las naturales, mucha mayor
por las humanidades en general. Mi capacidad lingüística
era sólo mediocre, pero mayor que la de muchos
de mis condiscípulos que en esto de los idiomas
resultaban absolutamente atarugados. La única superioridad
que tenía era la propia de algunos seres débiles
de cuerpo: una capacidad de leer extraordinaria, patológica,
casi. Aparte de lo que tenía y compraba mi tío
Pío, yo hice mi biblioteca propia y usé
también la de una tía de mi padre, que vino
a vivir a casa hacia 1921 y que era una solterona curiosa:
porque alternaba la lectura de libros vetustos tales como
"Las ruinas de Palmira" y "Las tardes de
la granja", con la de folletines de Fernández
y González y viajes a los dos polos: de Nansen,
de Amundsen, de Nordenkjöld, del duque de los Abruzzos.
Todo me lo tragaba: unido a grandes audiciones musicales
con una radio de galena y auriculares que había
construido mi tío Ricardo también allá
por los años de 1926. Otro mundo mágico.
¡La música!
Ahora, cuanto más viejo soy, más
pienso en el poder de la música. No como virtuoso,
ni como técnico, ni como crítico, que no
lo soy y lo último no querría serlo nunca.
Pienso en el misterio de lo que sugieren las voces y las
armonías, en las asociaciones que mediante la música
establecemos en nuestra cabeza y en el significado vario
que le damos a una obra genial o a una cancioncilla, según
la edad, según la coyuntura. Por eso me resultan
muy insuficientes los libros de crítica musical
y desconfío de los que por tener un gusto o una
inclinación, dicen que "entienden" de
música.
El artista puede ser exclusivo en su gusto, para crear.
¡Pero el que oye!
Y ahora -para entrar en mi segundo acto- haré
una comparación musical. La obra más popularizada
de Weber aquí, es la que comúnmente se llama
"La invitación al vals". En ella hay
una introducción misteriosa (que es la verdadera
"invitación") y un final que recoge la
idea de la misma. En medio desarrollada de forma más
larga y brillante la tanda de valses. A mí siempre
me ha parecido que el preludio es mucho más profundo
y dramático que los valses con ser estos hermosos:
pienso también que en mi vida la invitación
titubeante, misteriosa, profunda, fue mucho más
que lo posterior. Lo inmediato -y sigo con las comparaciones
musicales- fue una "danza macabra" y lo de después
un "vals triste", monótono.
II
La invitación terminó en 1936, cuando yo
tenía veintidós años. Pero de 1931
a aquella fecha transcurrieron casi cinco años
cargados de dramatismo y de gran contenido vital para
mí. De la adolescencia pasé a la juventud,
del bachillerato a la carrera, de la confianza plena a
la crítica y a la reserva. Mi familia, por otra
parte, se aisló. Hablaré breve de todos
estos cambios y tránsitos.
El de la adolescencia a la juventud no
es agradable si no se tiene mucha salud y cierta prestancia
física. Yo no tenía nada de esto y sí
cierta tendencia a la vida solitaria, a huir de la realidad
y buscar paraísos artificiales, en la lectura sobre
todo. Busqué un mundo irreal, en vista de que el
real me ofrecía poco. Porque también el
cambio del Instituto a la Universidad, al comienzo se
me hizo duro. El Instituto me parecía mejor: en
la Universidad encontré no poca cochambre clásica.
Profesores a los que se aplaudía, alumnos que alborotaban,
masas de gente desconocida, promiscuidad. Cuando de la
calle Ancha pasamos a la Ciudad Universitaria parecía
que íbamos a desinfectarnos y en efecto, alguna
desinfección hubo. Pero no tranquilidad de espíritu.
Se había proclamado la República
y esta había sido acogida con gran entusiasmo por
todas las personas que trataba mi familia. Es más:
mi propio tío Ricardo perdió un ojo en cierto
accidente estúpido que le sobrevino en una campaña
electoral a favor de la República. La fe compartida
por los de casa, tenía un solo disidente: mi tío
Pío. ¿Por qué? Porque los hombres
representativos del nuevo régimen no le inspiraban
confianza como hombres de acción... algunos tampoco
como hombres de pensamiento. Creía que, en general,
eran débiles para llevar a cabo la empresa que
tenían delante. Conocía desde comienzos
del siglo a algunos, como Lerroux o Albornoz. No tenía
la menor simpatía por Azaña, en lo que éste
le correspondía. Pensaba que a Ortega le iban a
anular y de los jefes socialistas creía que unos
no tendrían influencia, como Besteiro y Fernando
de los Ríos y que otros se verían dominados
por doctrinarios, estilo Araquistáin, o por las
exigencias imprevisibles de la masa. Creía también
en la gran fuerza oculta de la derecha. Esta falta de
fe irritó y se consideró casi como un paso
al enemigo.
La situación de los míos
se hizo aún más incómoda, porque
también Ricardo, amargado y entristecido por la
pérdida del ojo, no se consideró apoyado
por sus amigos, rompió con ellos y adoptó
una posición hostil. Coincidió esto con
mi paso por la Universidad, no del todo brillante, a causa
de una salud precaria. Pero, en fin, dejando aparte lo
que no me atraía, poco a poco me hice mi sitio
y esto fue debido a que encontré cuatro o cinco
profesores francamente excepcionales. García de
Diego y Millares en las clases áridas de latín,
Obermaier en Prehistoria, Trimborn en Etnología.
Lo que en Madrid no encontraba lo hallaba, por otra parte,
en tierra vasca, poniéndome bajo la tutela de don
Telesforo de Aranzadi y de Barandiarán que me trataron
como a un hijo.
En la Universidad yo estaba en el grupo
de los desvalidos que llamaban, con ironía, ' 'Ios
hijos de papá" y no me beneficié de
ninguna de las ventajas, reales o supuestas que tuvieron
aquellos. No participé en el crucero por el Mediterráneo,
ni en otros ritos culturales y veía que entre los
jóvenes oscuros había bastantes que no simpatizaban
con la República. Continué teniendo más
amistad con los compañeros del Instituto y donde
adquirí algunos nuevos conocimientos de gente ilustre
o curiosa fue en el Ateneo, a donde iba a estudiar o a
huronear por las tertulias.
Acompañé así; alguna
vez a Unamuno en sus paseos y conversé con hombres
viejísimos que me producían interés.
Dentro del círculo familiar, en 1935, tropecé
por vez primera con algo que luego me ha obsesionado.
Con la Muerte: en este caso la de mi abuela. que murió
en Vera a los ochenta y seis años, muy serenamente,
pero pensando que como la República había
venido tendrían que aparecer en escena de modo
indefectible los carlistas. Esta idea que en 1934 parecía
producto de una obsesión senil, en 1936 se convirtió
en realidad. La Muerte ha sido luego para mí la
Muerte de los demás. En la mía no pienso
tanto y a veces juzgo que no será cosa de demasiada
importancia. No diré que la considere un Bien,
pero, en casos, pienso en ella como en algo que podría
liberarme de ciertas molestias individuales y colectivas.
Yo no conservo de la República la imagen idealizada
que tienen de ella los que por ella combatieron o los
que ahora hablan de ella, como hombres de izquierda, sin
haberla conocido. De lo que vino después, sí,
tengo una imagen negra, negrísima, en lo que se
refiere a los años 36-40. Acepto que en parte es
subjetiva, porque veo que también hay quienes hablan
de aquella época con lirismo. Pero para mí
y los míos fue la época de la "débacle".
Separación con respecto a mi padre, que vio y
padeció en Madrid la destrucción de la casa
familiar y el taller de la calle de Mendizábal
y que salió de la prueba hecho una ruina. Separación
larga de mi tío Pío, tras el intento de
fusilamiento en la carretera de Irún-Pamplona,
del que salió librado por casualidad. Tras el peligro
volvió a casa, gracias al duque de la Torre y de
casa le acompañé a la frontera una tarde
memorable. Volví al punto a unirme con el resto
de la familia (en contra de lo que alguien ha dicho) para
vivir en la tiniebla día tras día, mes tras
mes, año tras año hasta 1939. y cuando la
tiniebla se iluminaba era a causa de un rayo mortífero.
Muerte en Madrid de mi amigo más querido Juanito
Bamés, destrucción del barrio de Argüelles.
Sobre esto penuria económica total, sobrellevada
con estoicismo admirable por mi madre y con mucha serenidad
por mi tío Ricardo. Yo seguía en un estado
de caquexía que me liberó del servicio y
me encerré en la biblioteca de Vera, leyendo como
nunca he vuelto a leer. Aún tengo fichas de lecturas
no aprovechadas de aquella época en que viví
como el topo en su madriguera. Veía, sí,
con claridad, que la guerra estaba decidida y que lo que
venía no podía ser, por fuerza, muy favorable
para mi porvenir, aunque creo que no me hubiera costado
mucho "integrarme" de algún modo en el
nuevo régimen, porque conocía, por familia
o por la Universidad, a personas que algo me habían
ayudado y que luego, en 1940, se mostraron benévolas
conmigo. Pero las andanadas carlistas y clericales contra
mi tío eran continuas y aún mucho después
cuando en algún documento oficial un plumífero
o covachuelista madrileño veía escrito,
Julio Caro Baroja me decía con sonrisa acerba:
-¿Con que Baroja, eh?
-Sí señor, gracias a Dios
y a su Divina Providencia -contesté alguna vez.
La "danza macabra" terminó, el "vals
triste" empezó y sin darme cuenta casi me
encontré con que tenía veintiséis
años y que la carrera sólo estaba mediada.
La vuelta a Madrid fue miserable. Vivimos como tantos
otros náufragos en la isla desierta de los restos
del barco roto. El Madrid del 40 era espantoso en general.
Para nosotros la prueba de la ruina de la gente del grupo
al que pertenecíamos y la prueba más evidente
aún de nuestra propia ruina. Coincidió la
vuelta con el comienzo de otra gran tragedia que como
consecuencia primera, trajo mayor escasez de alimentos.
Tiempos del boniato, los higos secos y las almendras tostadas
del pan de maíz y de otras amenidades.
Y la gran tragedia también le
cogió a uno a contrapelo: porque, aunque siempre
he admirado mucho Alemania, estaba en el grupo de los
que no deseaban la victoria de Hitler, que era lo que
querían las gentes del Régimen.
Yo -repito- he admirado, admiro y admiraré
a Alemania y a Italia como el que más, y según
he dicho, siento que el "italianismo" es algo
esencial en mí. Pero no podía desear que
triunfara Hitler, que arrastraba al pobre Mussolini, ni
que España se convirtiera en un satélite
del Eje. Fui anglófilo político, como los
pocos liberales que sobrevivían entonces. Al volver
mi tío Pío de París a consecuencia
de la derrota de Francia, vino a vivir con nosotros en
Madrid y pronto se encontró a Walter Starkie, agregado
cultural y director del Instituto Británico. Se
conocían de antiguo y Starkie le invitó
a las tertulias escasas de gente y melancólicas
de tono de la calle de Méndez Núñez.
Allí empecé a ir yo con mi tío y
el primer empleo que tuve, después de haber terminado
muy brillantemente la carrera y haber hecho el doctorado,
fue el que me dio Starkie, para que le sirviera de secretario-corrector
y revisor de traducciones al español y otros menesteres
similares.
Esto fue utilizado por un condiscípulo piadoso
que "triunfaba" para decir que yo era un agente
del "Inteligence Service". Pero, en fin, también
había personas del Régimen con intenciones
menos aviesas, y así de 1942 en adelante, pude
trabajar de modo modesto y oscuro en el Museo Antropológico,
en el Consejo de Investigaciones y, por último,
en el Museo del Pueblo Español. En 1943 publiqué
mi primer libro y muchos creían que pronto haría
oposiciones. Pero la vida íntima, familiar, era
dura y triste. Mi padre murió agotado. Mi madre
se hizo cargo de todo y mi tío Pío empezó
a escribir con protesta de algunas almas siempre piadosas
como mi condiscípulo. En la casa de Ruiz de Alarcón
tenía una tertulia de amigos fieles y de vez en
cuando iban a verle escritores, periodistas, gente de
fuera, emigrados del Centro de Europa. Para unos, la tertulia
era un refugio, para otros una curiosidad de Madrid o
un recuerdo del pasado. Yo no era de los más asiduos,
porque me producía tristeza y también porque
el trabajo me absorbía. Tenía otra tertulia
propia en el Café de Varela, luego en el de Platerías,
adonde iba gente mucho más vieja que yo, a primera
hora de la tarde. Después trabajaba en el Museo
Antropológico o en Medinaceli, 4, y alternaba el
estudio de la Antropología con el de la Historia
Antigua. Hablaba con Vallejo, Tovar, Pariente, Alvaro
D'Ors, Fernández Galiano y otros en el Consejo.
En el Museo, con arqueólogos y prehistoriadores.
Un día, por decisión de
don José Ferrandis y benevolencia del marqués
de Lozoya me encontré de director del "Museo
del Pueblo Español", cargo dado a "dedo"
y que me venía como el anillo al dedo y en el que
trabajé firme. No puedo, pues, decir que a mí,
personalmente, me haya perseguido nadie del Régimen
franquista en una época que considero fue la más
dura de todas. Sí creo que puedo afirmar, en cambio,
que si a la larga no me incorporé a la Administración
del Estado en una forma normal, fue porque veía
que en un cargo público destacado, una cátedra,
por ejemplo, más pronto o más tarde chocaría
con alguien y tendría que marcharme. ¿Para
qué entrar? En el Museo estuve cosa de 11 años
y al final dimití. Soy un hombre con extraña
tendencia a la dimisión. También a escabullirme
o evitar trincas académicas, congresos y cosas
por el estilo. Como director del Museo, establecí
contacto, sin embargo, con folkloristas y profesores catalanes,
de Barcelona, con otros de distintas partes de España
y, al fin, después de la guerra mundial, con los
primeros antropólogos extranjeros que vinieron
a estas tierras. Unos fracasaron, como Oscar Lewis. Otros
trabajaban con más prudencia y provecho, como J
.M. Foster, al que desde entonces me unen vínculos
de amistad y agradecimiento. Pero estos años, en
que seguí publicando bastantes estudios técnicos,
fueron para mí más importantes y decisivos
por otras razones que por las profesionales. Ya talludito,
con los 30 muy pasados, tuve un noviazgo serio después
de las discretas calabazas que me dio una chica inglesa
muy salada. El noviazgo fue largo, complicado, no satisfactorio,
en fin, para ninguna de las partes. La ruptura vino poco
después de la muerte de mi madre, en 1950, tras
dos años de angustiosa enfermedad.
Liquidación terrible por un lado, liberación
por otro. Mi papel de hijo terminaba y mi posibilidad
de creador de familia también. Me encontraba con
un hermano mucho menor que yo y dos tíos septuagenarios.
Un grupo familiar raro en verdad. Pensé en no más
que a mis trabajos personales y a este grupo. Pero tras
la muerte de mi madre tuve un pedo de viajes y ocupaciones
imprevistas.
Dejando a un lado unos cuantos congresos, a los que asistí
(en Bélgica, en Suecia, en Francia) y de los que
volví sin muchas ganas de repetir la experiencia
(que me pareció aburrida más que otra cosa)
gracias a la amistad de Foster, recorrí gran parte
de España, sobre todo el Sur, con él, tomando
multitud de notas y apuntes. Después, también
con él, pasé una temporada en Estados Unidos,
trabajando en la Smithsonian Institution y asistiendo
en Chicago a otro congreso monstruo de Antropología.
Una experiencia inmensa y que me vino muy bien en mi depresión.
Gracias a Foster también, durante el otoño
de 1949 conocí en Grazalema a Julián Pitt
Rivers, con el que hasta hoy me une amistad fraternal.
Puedo decir que el efecto de la muerte de mi madre lo
paliaron estas dos amistades generosas. Porque después
de mi experiencia americana, vino mi experiencia inglesa,
en Oxford, en Londres y en el sur de Inglaterra. Durante
ella, Julián fue mi guía y por él
entré en Oxford con pie firme; por él, también,
viví dentro de unos ambientes aristocráticos
como de novela inglesa clásica. Cosa que no le
es dado a cualquier estudiantón humilde. Conservo
recuerdos más vivos de Londres o del Dorset que
del ámbito académico de Oxford, aunque allí
conocí a hombres importantes y reanudé la
vieja amistad con don Alberto Jiménez Fraud, su
mujer y sus hijos. Todo esto, hoy, casi 30 años
después me parece un sueño. La vida de casa
me hacía sentir más la realidad fuerte.
Seguía dura. En 1953 murió mi tío
Ricardo en Vera. Murió con enorme serenidad, aunque
se hizo lo posible para no dejarle tranquilo en su agonía.
Mientras tanto, Pío comenzaba a entrar en un período
de postración total, roído por la arteriosclerosis.
Aún tuve, sin embargo, una nueva experiencia rara
e imprevista que me distrajo. El director general de Marruecos
y Colonias, el coronel Díaz de Villegas, quería
contar con un informe etnográfico sobre el Sahara
español y alguien le debió indicar que yo
podría hacerlo. Supongo que fue don Tomás
García Figueras, que me tenía cierto afecto
y que me llevó también a Marruecos. El apellido
ya no pesaba como hacía diez años, y lo
que en alguna ficha informativa debía constar es
que yo no tenía una ideología política
muy fuerte, y que tampoco andaba muy sobrado de convicciones
religiosas. Esta ficha debió ir conmigo al Sahara
cuando llegué allí en compañía
de Miguel Molina Campuzano, otro amigo excelente que me
ha deparado la fortuna y que es, en cambio, hombre muy
religioso. El tiempo que estuvimos en el Sahara fue maravilloso
para mí, que tuve que improvisar una serie de conocimientos.
Conservo de los nómadas, hoy triturados por una
serie de caprichos y arbitrariedades diplomáticas
monstruosas, un recuerdo poético y tan fantasmagórico
como el que tengo del campo del sur de Inglaterra, del
"manor" de los Pitt Rivers. Después,
en Madrid, trabajé fuerte sobre temas islámicos,
que me condujeron a interesarme por los moriscos y, en
fin, vino una temporada de reclusión y soledad,
a causa del empeoramiento en la salud de mi tío
Pío. En casa escribía, en casa preparaba
nuevos trabajos y la única diversión que
tenía era un viejo gramófono a manivela.
Algo progresé con respecto a los días de
la radio de galena.
Los médicos amigos y los contertulios me ayudaban.
Val y Vera y Arteta, como médicos, Casas, Gil Delgado,
Rico Godoy, como amigos íntimos de la familia.
En estos años que van del 49 al 55 tuve también
otra apertura de horizonte. Don José Ortega y Gasset
me distinguió con su amistad, participé
en las tareas del Instituto de Humanidades y al final,
de 1955 a su muerte, estuve siempre cerca de él
y durante los veranos, allá en la carretera de
Irún a Pamplona, frente a Biriatou, dábamos
grandes paseos durante los que me confió muchos
pensamientos y proyectos. La muerte se lo llevó
un año antes que a mi tío ante ella me dio
otro ejemplo de serenidad admirable. iPero que vacío
luego!
La liquidación de octubre de 1956
me cogió prevenido y aunque agotado físicamente,
actué del modo más énergico que pude
para que mi tío Pío muriera tranquilo. Hubo
que sacrificar algo a ciertas publicidades inoportunas,
como la que provocó la visita de Hemingway, y tragar
todavía algún ataque póstumo en cierta
prensa. Pero esto fue poca cosa para mí. A los
42 años tuve la sensación de que otra gran
etapa de la vida había terminado. Una etapa fuerte,
intensa, con grandes dolores y grandes amistades, en que
mi imagen del mundo se perfiló más.
III
¿Después? Después he pasado de la
madurez a la senectud. He tenido menos preocupaciones,
más dinero, algún pequeño éxito
o recompensa, una vida familiar plácida y los amigos
me han seguido ayudando. No puedo presumir de haber luchado
con grandes y fieros enemigos, aunque haya recibido algunas
puntadas o picaduras de avispas, modestas siempre en sus
pretensiones de molestar. Si "El amigo Fritz"
se hubiera quedado soltero en su pequeña ciudad
alsaciana hubiera podido tener motivos de satisfacción
paralelos a los que yo he tenido. Pero yo soy un amigo
Fritz sin salud y con mucha carga vital interior: no mía,
sino de10s míos. Además la época
y el país en que me ha tocado vivir no son como
para terminar la vida con una carcajada de buen bebedor
de cerveza.
He visto España más como
un hombre del 98 que como los de generaciones posteriores.
He estado siempre más cerca de Azorín, de
Unamuno, de Maeztu que de los poetas del 27 o de los políticos
de la República, y en Arte me pasa igual. Acaso
también en Ciencia. Los cuarenta años del
franquismo se pueden dividir en varias partes. La primera,
la más trágica. Otra de anquilosamiento
y duda. Otra de transición y una final, que empieza
en 1960, en que hubo que echar por la borda todo lo anterior:
Casticismo, Autarquía, Tradicionalismo en las costumbres,
etc., etc.
Epoca de la "estabilización",
del desarrollo económico, del turismo, de la industrialización,
del aumento de las poblaciones urbanas. Lo de " Arriba
el campo" y otras consignas se olvidó. Fue
el de entonces el triunfo de los ingenieritos y de otras
gentes por estilo. Fueron los llamados "tecnócratas"
los que nos cambiaron la imagen de España, de 1960
a 1970 "Lo que pudo haber sido ya no será".
Los etnógrafos, los que habíamos pateado
el país durante treinta o cuarenta años
anteriores nos encontramos con que todo lo que habíamos
estudiado se convirtió de repente, en Arqueología,
con la paradoja de que quienes quebraron más las
condiciones de la vida tradicional fueron las gentes que
se consideraban más conservadoras, más "de
orden". ¿Qué orden? Ahora estas mismas
gentes no entienden las consecuencias de aquel "milagro
español" que creó aglomeraciones como
las de Bilbao, los pueblos-dormitorios, los "ghettos"
urbanos y de trabajo, el florecimiento de la discoteca
y del "pub" con un nombre con diéresis
inglesa. Creyeron en la eficacia estabilizadora, ''política",
de la renta "per capita" y otras necedades por
el estilo y de un país pobre pero hermoso y con
posibilidades de "regeneración" , hicieron
un país con fugaz apariencia de rico que se ha
afeado de modo alarmante... y con "regeneración"
dificultosa. Fue aquel, el reinado del "billete verde",
de Norte a Sur y de Este a Oeste. y ahora pienso esto.
Hoy mi visión de España no vale para nada.
Lo que me ha ocurrido individualmente es un reflejo de
la vida pública. Más apariencia que contenido.
Me he aferrado al pasado ideal y he vivido a la sombra
de los últimos representantes de él.
He tenido el orgullo de que cuando pensaron
en mí, dentro de la Academia de la Historia, apoyaran
mi candidatura don Ramón Menéndez Pidal,
don Manuel Gómez Moreno y don Diego Angulo y que
contestara a mi discurso de ingreso don Ramón Carande.
Hombres del pasado. Allí tuve y tengo amigos entrañables.
Lloro aún la muerte de don Jesús Pavón
y del duque de la Torre y me aferro a la amistad de colegas
algo más viejos que yo, como Valdeavellano, Vázquez
de Parga y Lacarra. En Madrid, en Málaga en San
Sebastián, en Pamplona muchas amistades fuertes
y sinceras han desaparecido. ¿Qué es uno
si no una sombra? Sólo en la vida íntima,
privada, ultradoméstica, puedo encontrar razones
para pensar que todavía existo. He escrito y he
publicado de 1960 a 1980 más que en el resto de
mi vida. Algo con cierto éxito, como mis memorias,
o el libro sobre las brujas. Algo me han traducido también
y, en suma, la erudición me ha producido más
satisfacciones que a otros.
El círculo de amistades es todavía grande
y va desde la de políticos, como Areilza, a la
de mujeres brillantes y atractivas. Proposiciones de trabajo
no faltan... Pero...
Pero la vida pasa (o pasó) y las
últimas experiencias me hacen comprobar que soy
una especie de Rip Van Winkle. Mi imagen de España,
mi imagen del País Vasco, mi imagen de la Universidad
y de la vida política nada tienen que ver con lo
que es. Esto que es tiene que ser así. Pero si
tiene que ser así lo prudente y lo pertinente es
dejarlo que sea y retirarse por el foro.
Esperar. Esperar la muerte con tranquilidad, con serenidad.
Morirse es algo que le ha ocurrido a tantas personas importantes
que no hay por qué estar alborotando ante la ida
de la Muerte propia. La cuestión es que ésta
no sea demasiado dolorosa, molesta o envilecedora. ¿Qué
puede hacer uno cuando ocurrra algo que ni le gusta, ni
llega a comprender bien? Por otra parte: ¿Qué
importa que lo que pase le guste a uno o no, lo comprenda
o no? Esta no es mi España "regenerable";
no es este mi "País Vasco mejorable"
ni esta mi Universidad. Pero son así.
Hay que terminar. De 1960 a 1975 estuve muy vinculado
a Málaga, fui tres veces a dar unos cursillos a
Coimbra, pasé un curso en la "Ecole des Hautes
Etudes" de París, volví a Inglaterra
y a Estados Unidos, conocí algo de Grecia y fui
dos veces a Lima. Surgieron algunos amigos jóvenes
fuera y dentro. Entre ellos D. Greenwood, antropólogo
norteamericano de mucha capacidad. Soportes individuales
no me han faltado.
Después vino la liquidación del régimen
franquista que ocurrió de modo bastante ininteligible
para mí y ahora empiezo a ver las consecuencias
de tal liquidación. Al comenzar esta etapa algunos
consideraron que yo había vivido "marginado"
como se dice ahora, y que debía incorporarme a
la Universidad. Unas propuestas de acceso parecían
más factibles y sinceras que otras. Pero la verdad
es que si yo he quedado muy al margen de la vida pública
ha sido más por voluntad propia que por decisión
de autoridades hostiles. " Aquello no me gustaba"
y nada más.
¿Y esto? Esto me parece mejor desde el punto de
vista político y veo que hoy muchos viven como
el pez en el agua: sobre todo los políticos mismos
y los periodistas. Hay libertad para discurrir y también
para no discurrir. Hay gente que cree, silogísticamente,
que siendo de izquierdas se es por fuerza inteligente
y que escribir artículos de periódico o
revista esmaltados de tacos y reniegos es una prueba de
libertad de espíritu y de ser avanzado. Se observan
otras señales de infantilismo colectivo y una tendencia
clara al resentimiento demagógico, encubierto por
falsas alegrías y virtudes. Pero en toda democracia
se han dado estos hechos la cuestión es que no
se pase a más.
-¡Pero los hombres como usted deben colaborar,
cooperar, adscribirse a algún servicio, ayudar
a la juventud!
-Sí. Es evidente. Pero cada cual
sirve como puede. Por otra parte, lo mejor de mi servicio
ya está hecho: son unos cuantos librotes. Yo no
me voy a poner ahora a pegar zapatetas en el tablado político,
periodístico o universitario para obtener el favor,
divertir y llamar la atención y para que algún
jovencito diga condescendiente: -¡Qué vejete
más simpático!-. Ahora hay mucha gente que
cree que el objetivo de la vida es ser popular. Yo no:
y menos popular a cierta edad y en ciertos medios. Hoy
no son populares la mayor parte de las personas que yo
he admirado más y sí lo son otras que me
parecen de poco fuste o caracterizadas por un grosero
disfraz y por su tendencia a la impostura. Cuando alguien
me dice, por ejemplo, que ahora no se lee esto o aquello
a éste o a aquél, o no gusta tal música
o tal pintura, replico: -Pues peor para ahora-.
No soy un evolucionista de misa y olla de esos que creen
que lo último, por fuerza, es lo mejor. Creo todo
fluye..., pero como lo creía el difunto Heráclito.
Este momento del fluir español no es el mío,
ni el de los míos. Sé ya que ese momento
mío ha sido siempre más imaginario que real
y vivo de la imaginación. Ahora si me arrepiento
de algo en mi vida es de una sola cosa. De no haber ido
más a Italia, de no haber conocido más a
fondo los campos, pueblos, ciudades y personas de aquella
hermosa tierra para poder enriquecer más los años
últimos de la vejez, con recuerdos hermosos. Es
un arrepentimiento de egoísta y de esteta. Otros
se arrepienten de no haber luchado más por la Gloria,
por el dinero, por las mujeres o por el poder, y se creen
altruistas. Allá ellos.
¿Qué más puedo decir?
Que era escusado escribir una autobiografía. Yo
no soy más que un espejo que refleja todavía
un mundo pasado. Un mundo que acaso no existió
de veras, más que en unas cuantas conciencias.
© Julio Caro Baroja
Autobiografía